UNA VICTORIA EN VERANO (Karlina Fernández)



I
"Hacía silencio, como lo hacen las madres o las tías cuando saben que por ahí viene un dolor"

        Tenía que mudarme, era la próxima fase del sistema de asilo. Aunque mi compañera de piso se había convertido en una tía que me hacía una carne molida maravillosa y me regalaba el abrazo en: «Karli, te dejé una arepita», su hijo mayor y yo habíamos desarrollado una irritabilidad mutua e innegable. Me sentía la hermana mayor exigiendo tratos igualitarios… el león invadido por otro león que no fregaba, no limpiaba y escupía insultos hacia el género femenino. Entonces ella, siempre madre, siempre madre nerviosa; en la última discusión le pidió a su cría que se marchara hasta que esta leona alfa lo hiciera. Pero, más allá de las discrepancias con las crías de mi compañera de piso, a ella la quise y la verdad la quiero. Es una mujer noble, sencilla. Ella me recordó a mi tribu, pasé momentos divertidísimos con ella. El humor y la sazón de la cocina eran los mismos que en mi casa.

Presenté a mi novia porque me visitaba con frecuencia, esa fue la regla que incumplí. En el piso no se podían llevar visitas, pero yo llevé al amor. Mi novia llegaba y cuando mi compañera de piso y sus crías no estaban, hacíamos el amor en la sala, en el sofá, en las risas, comiendo, en mi habitación. Una pequeña cama donde cabía el deseo, un deseo que nos hacía sudar y venirnos innumerables veces. En esa pequeña cama mi corazón tenía una fiesta. La miraba desnuda y en sus ojos encontraba un país, un hogar. A veces mi compañera de piso llegaba antes y nuestros orgasmos tenían que bajar la voz y reíamos de picardía. Después de que se iba mi novia y a mí se me quedaba la sonrisa en la cara, nos tomábamos un té mi compañera de piso y yo. Ella me hablaba de sus protestas con el sistema de asilo, de la casa que limpió mientras apostilla su título y de sus hijos y yo le confesaba que estaba perdidamente enamorada de mi novia; pero que sentía que ella quizás no tanto. Mi nueva tía hacía silencio, como lo hacen las madres o las tías cuando saben que por ahí viene un dolor.
II
"Pero quizás Dios (que es mujer y que me quiere mucho) volvió a consentirme"

Tras una búsqueda incesante con la necesidad esta vez de vivir con mujeres de mi edad, de tener una cama matrimonial donde hacer el amor con más comodidad, de no lidiar con adolescentes y de tener más silencios que discusiones; revisé todos los avisos y la foto de una habitación llamó mi atención:  un ático hermoso, cama matrimonial y una decoración minimalista. Sería un error a primera vista. Tenía un ventanal perfecto para engancharme, así que acepté. Había procedimientos en torno a mi ONG que se supone que un tal «el colombiano» me haría más fáciles, “el colombiano” es un hombre joven, pequeño como su honestidad. Se supone que me asesoraría, me brindaría mayor paz y me buscaría piso, cosa que no pudo hacer porque esta solicitante de asilo tenía exigencias distintas al común: quería vivir bien y no quería mentirle a la ONG… pero él, como buen representante de la viveza latina, le pasaba a la ONG una factura superior al monto del piso o la habitación que te encontraba. Así él sonaba a héroe, la ONG te daba el dinero y tú te «ahorrabas» ¿100 euros, 30, 0, 15? ¿La diferencia era la calidad de vida, el trayecto al metro, o la compra de un móvil de último modelo, o la remesa a Venezuela? (permítanme dudar de las causas nobles) sobre todo porque el sistema de acogida para los solicitantes de asilo funciona muy bien, pero la corrupción y la viveza es un cáncer del que no terminamos de sanar.  Yo no me hice parte   de ese rebusque, así que el colombiano   lo único que hizo por mí fue prestarme el dinero  por 4 días (porque sabía que mi ONG no se retrasa con los pagos) para poder quedarme en el piso, y eso hice, me quedé en el piso por dos razones;  la vista y las mujeres que estaban ahí. Eran tres: dos de Inglaterra y una de México ¿que podíamos tener en común dos mujeres de Inglaterra y yo? Sonaba interesante el intercambio cultural, pero especialmente la distancia.

          Entré un 26 de julio. Andaba trabajando en la producción de esa bendición llamada «Piaf voz y delirio», pero el delirio lo empezaría a tener yo con 40 grados y una ventana más grande que mi ego. El sol me vencía dentro de mi cuarto, un cuarto grande donde cabían mis cosas como, por ejemplo, el amor que le tenía a mi novia y las dudas sobre las columnas de ese término… “novia”.

Pero quizás Dios (que es mujer y que me quiere mucho) volvió a consentirme, una de las inglesas, morena, joven, insistió en que le diera mi móvil. Me escribió unas torpes líneas en inglés donde me invitaba a Chuecas a celebrar el orgullo y en el día la otra chica inglesa me invitaba en el mismo torpe español el desayuno, ¿dónde estaba la frialdad de los países nórdicos que tanto me habían vendido? ¿Cómo es que tenía la cena y el desayuno? ¿Y la mexicana? Ella, paradójicamente,  era un fantasma, el lorazepan me sedaba en un sueño profundo antes de que ella llegara de su trabajo y me rendía ante  la angustia de esperar los mensajes de mi  novia a quien un buen trabajo la alejó de Madrid y, poco a poco, de mí.


III
"Me mostró el buscador de google, buscaba la traducción de pecas y de ojos bonitos"

          «Hay mucho sol en cuarto y piso, en nevera estar frascos de hielo para ti» me decía la inglesa blanca, mientras que la inglesa morena me seguía invitando a ir a Chuecas, el barrio gay de Madrid, «Vienes» me escribía, hasta que unas amigas insistieron, «Marica ve, se sociable chica» y me dejaron como niño en guardería con todo y merienda en el jardín de cemento de Chuecas. La inglesa al verme me saludó con mucho entusiasmo.

          Ahí me quedé un rato, con un montón de ingleses intentando preguntarme cosas en medio de un gentío ebrio y ruidoso, y ella, la morena inglesa, mirándome los labios, traduciendo el deseo no correspondido.
—Tú ser gay
—Yes— respondí.  
—¿Tienes novia?
—Sí, respondí.  
—¿Cuánto tiempo llevan?  
—Varios meses…  
—Ah… poco, qué bien— salió de su inconsciente, imagino—.

          Yo le dije, con mi buen ojo de águila para cazar bisexuales, «tú eres bisexual». «Yes», me respondió mirándome las pecas y los ojos. Me mostró el buscador de google, buscaba la traducción de pecas y de ojos bonitos y cuando descubrí su historial, con la excusa de cansancio, me fui. Bostezaba mi deseo, mi novia era mi fiesta y no estaba (como casi siempre).

Me fui a la casa, agradecí que el deseo me llegara a domicilio, pero la verdad mi novia era la única que me prendía, y la chica de Inglaterra no era mi tipo.

IV
 "La soledad estaba ahí conmigo, para escribir, para entristecer" 

          Llegó el momento en que tenían que irse, les faltaba poco. La chica morena bisexual me dejó una nota: «tienes una casa en Inglaterra, cuando quieras puedes venir. Un beso» y la chica blanca me dejó todo su mercado «Karlina, espero puedas disfrutarlo». La chica de México seguía siendo un fantasma.

          Agradecí el deseo, el mercado, pero, ¿y mi necesitado silencio dónde? Justo al irse ellas, ahí lo conseguí… en la sala… porque mi cuarto era el sol desnudo. Imposible entrar en horas de la tarde, así que vivía en la sala con el vértigo de esperar la factura del aire acondicionado.
          Pasé semanas sin sentir el fantasma, esa mexicana que no tenía rostro. Mi cuarto quedaba en la cocina y a su llegada mi lorazepan me dejaba desarmada y desmayada para conocerla, sólo sentía el ruido y al despertar sus consecuencias: platos sucios, a veces dos, ¿quién más estaba? Había vino, picante, guacamole. Chavela Vargas estaba en los platos, Frida en los condimentos, no había duda, había una ranchera de comida. Ella dormía en las mañanas y en las noches llegaba, vivía un rato y caía en su cuarto.


          La soledad estaba ahí conmigo, para escribir, para entristecer. Yo llegaba de Piaf maravillosamente cansada (pero cansada igual) del ajetreo de una inmensa producción. Un día en que mi pastilla quedo embarcada y ella llegó antes nos vimos, ¡Al fin! Era una belleza femenina de 1.75 con ojos azules y el cabello perfecto para silenciarme «¿Qué tal pos?, ya pensaba yo que eras un fantasma, guey» la percepción era mutua y fantasmagórica. ¡Buh!

          Después de ahí no nos volvimos a ver, mas allá de sus códigos involuntarios y los míos, las dos habitábamos el piso en horarios distintos. En la mañana ambas moríamos, era un cementerio fresco de dos mujeres que habían trabajado en la noche; luego quien despertaba del letargo pastillero era yo. Ella dejaba sus huellas, platos sucios repletos de picantes y condimentos. También había pizza de esas que compras por el cansancio, de hecho, era su plato fuerte, su cuarto era el primero cuando abrías la puerta. A veces estaba abierto y mi curiosidad no dejaba descanso al voltear; un abismo, el desorden de puebla, de una mujer agotada que, puede dejar su cuarto hecho un caos pero jamás su rostro. Empecé a conocerla así, por sus acciones, en silencio, sin ser amigas.

Comía pizza por el cansancio, de vez en cuando un porro, su otra copa era el novio español, un caballero con suerte:  tenía su corazón, ella estaba muy enamorada, lo invocaba siempre. No eran los papeles, era su amor.

Dejaba los platos siempre sucios, nunca fregó, siempre lavó la ropa, los platos jamás. Yo devolvía el mensaje como «está bien, los lavo yo» y ella me tendía la ropa como un «bueno, yo te la tiendo por ello». Cuando la casualidad nos encontraba, nos encontraba planchando. No quise nunca dejar de ser incómoda, como una conversación quebrada, de esas que tienen las personas tímidas que no saben que decir y que nunca llegan a nada. Lo hice a propósito, no quería ser su amiga; quería seguir conociéndola desde ahí, sus huellas, sus acciones, en silencio.

          Una vez la vi salir del baño, una toalla pequeña escondía el cielo Mexicano. Su mirada penosa apresuró el paso. Yo entendí la vergüenza, pero era solo el lobby de su próximo escarnio. Una vez yo sentada en la sala por cortesía del sol en mi cuarto escuché sus gemidos, venían en aumento, escuché su orgasmo y luego el lamentable y tedioso orgasmo del ganador, del campeón que había logrado el ruido del cielo.

          Ella salió del cuarto y notó que yo estaba en la sala con esa acústica imprudente que me permitió, sin querer, escuchar su placer. Se avergonzó, pero algo en esa mirada azteca reía picara… pero otro misterio venía a mí ¿Quién era el campeón? ¿quién tenía el corazón de esa joven Frida? Cuando salió lo esperé como se esperan los personajes incógnitos ¿y que salió? un flaco español, lánguido, ¡qué afortunados son algunos hombres feos! — dije dentro de mí— ¿Sabes cuántos lunares tiene ella mientras plancha? y, sin embargo, él la tiene. La envidia me acosó sin descanso.


V
"Todo me habita cuando se desnuda. Su corazón es mi país"

          No soy infiel, pero, ¿quién me puede culpar por admirar la belleza y escribirla? En aquel momento mi novia era el centro de mi clítoris y de sus alrededores, aun así, no estaba, se había ido fuera de Madrid y un poco más lejos de mi corazón. Dolía.

Sus camisas eran blancas, las que planchaba, eran blancas. Un uniforme que le pagaba la vida, después de conocerle los orgasmos le conocí los miedos y los sueños, quería cantar, «Pa’, lo único que no me pesa es cantar… híjole, pero no sé cómo hacerle» y yo en la sala, con el oído afinado y en silencio, escuchando su danza con la duda y las ilusiones.

Luego una catástrofe tecnológica la invadió, mientras hablaba con una amiga el móvil se le estrelló contra la torpeza y no dio tregua. «Guey, no puedo comprar otro, tengo deudas de verdad. ¿Por qué?, ¿por qué me pasan estas cosas?» y lloró, lloró en su cuarto. Se volvió llorona, la llorona que canta Chavela, que versionó Natalia Lafourcade, lloraba en vez de un hijo un teléfono. Su queja mojada se escuchaba desde la sala, sus ojos azules se derretían de lágrimas llenitas de desesperación. Madrid la mordía.

A mi novia le ocurrió lo mismo hace dos meses atrás, un viaje la dejó sin móvil. Yo tenía tres días pensando que un hombre la había enamorado y me había dejado para siempre, hasta que un mensaje privado en Instagram me avisó que mi pesadilla no se había cumplido. Mi novia, mi hermosa y distante novia, había extraviado el celular y yo las ganas de vivir. La escuché llorar y si la mexicana me había conmovido a lo lejos, mi novia llorando me había partido toda. Quería comprarle el IPhone que no había nacido, salvarla de los problemas que ella misma se había causado, es un mal hábito para mis cuentas bancarias y mi alma salvar princesas imprudentes. En mi defensa, era mi novia, y todo me habita cuando se desnuda. Su corazón es mi país.

Así que ya sabía que comía pizza por el cansancio, que dejaba el cementerio de su cabello en la tina, que se corría antes de su novio, que había picante en sus ojos azules, que alivianaba el estrés con marihuana, que planchaba camisas blancas de un uniforme de camarera y que quería cantar.

Desde entonces, veo a las camareras y me pregunto, ¿quién les hace el amor?, ¿comen pizza al llegar a casa?, ¿quién canta ?, ¿quién es la actriz en el turno de la mañana?, ¿a qué hora toman el pedido para sus propios sueños?

Los últimos días el campeón frecuentaba más la casa, podía escuchar más que sus conversaciones las vibraciones de la misma. La puerta estaba cerrada, pero la energía era altiva, un carrusel de histeria, se querían, se follaban, se iban tumbando la puerta, regresaban, y así. Era una historia volátil, los adjetivos eran misiles, las oraciones sentencias y luego un coito liberaba todo el párrafo.
El calor me consumió todo agosto, es terrible llegar después de trabajar y encontrar el sol en tu habitación y ver como tu novia se va derritiendo en la distancia, todo eso te quema así que decidí mudarme una vez más.

Victoria, así se llama la mexicana, jamás me hice amiga de ella. No quería no me hizo falta, pero me hubiese gustado decirle que le hiciera  caso a su nombre, ¡Victoria, canta Victoria ¡Dile a tu nombre  que te vengue ¡Vamos, Victoria, vence a Madrid!
Limpié el piso, mi cama matrimonial nunca conoció el cuerpo de mi novia. No hicimos el amor en esa cama, entonces no puede llamarse cama, fue más bien un caldero de tristezas y sudor. Dormía desnuda y profundamente sola. 

Le dejé mi mercado de herencia a Victoria y luego me mudé. Ya no soy novia de mi novia, no sé si Victoria  ahora canta, pero en su honor y sus ganas de cantar le dejo más propinas a las camareras. No sé ni siquiera dónde está mi ex novia; me cuesta vestir esa palabra con el prefijo que la asesina “ex”,  pero ella también fue un fantasma que no me quiso nunca y que sin embargo yo he querido con el ardor de un verano triste,  así que yo les recomiendo dos cosas:  nunca se muden  a un ático en verano, ni amen a un fantasma: los fantasmas no existen.
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