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Mostrando entradas de marzo, 2016

POLIDORPIO

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En un hermoso apartamento de Madrid vive Yuli y Pablo  joven pareja con una hermosa hija, Enma de cinco años y con ellos (y sin ellos saberlo) vive un duende, se llama Polidorpio es un duende de los malos, oscuro como sus intenciones caza niños, especialmente aquellos que son muy carismáticos y hermosos, juega con ellos hasta quitarle su luz, deprimirlos y dejarlos en estado vegetal. Al principio de los juegos con Enma Polidorpio se mimetizaba entre los juguetes, como un astuto camaleón se transformó en Mickey Maouse, Minie, Barnie logrando la atención de la niña. Cada vez que ella jugaba, se acercaban más a la puerta, el ritual consistía en que justo en el juego número seis cruzarían la puerta y con ella el umbral, ella se desmayaría y al despertar miraría a Polidorpio y su verdadero y aterrador aspecto, le causaría tal impresión que jamas volvería hablar y sus ojos quedarían vacíos mirando al duende, mientras el duende ganaría poder. - Enma mi amor, ¿por qué abriste la puerta?




DE LA MALA VIDA

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Mientras tanto, en mi mente sigues desnuda ¡Puta! ¡Puta siempre pedida! Puta tierna en ese burdel que es tu nombre. Tu lunar: tu bombillo rojo. Puta que regala falsedades, que erotiza una herida y la lame, se pierde en las calles de su propia conveniencia; insinúa verdades y masturba mentiras.
¡Puta! ¡Puta mía! ¡Puta siempre pedida!, ¡puta tierna! Ramerita de 20 que me tiene atrapada entre sus muslos, que me realiza esa vieja fantasía de quererla; y se que se cotiza por cicatrices.
¡Puta, puta mía! ¡Puta siempre pedida! Princesa de colchones mojados, dueña y señora de eyaculaciones tristes, revendedora de sus propias carencias, emprendedora de estafas compartidas. ¡Puta!, ¡puta mía! ¡Puta siempre pedida!

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CRECER

Déjame sin ti. Dame la espalda. Arráncame de un tajo el cordón umbilical.
Déjame náufraga en la incertidumbre. Desnúdame en medio de la noche y de los años. Destiérrame de tus ofrendas, tu oro, tu palacio.
Déjame sin ti, ¡te lo pido! Quítame el pan y el vino. Abandóname tambaleando, a mi suerte, en la balsa de mis instintos.
Suéltame. Empújame al viento desde lo más alto de tu montaña. No llores delante de mí, no te sientas culpable. No retrocedas. Déjame ahogarme, que vengan los tiburones a las cinco de la tarde; que me queme el sol en la piel como me quemami incompetencia. No me abraces en el frío ni mucho menos me cobijes.
Déjame sin ti, Descalza en las piedras, hambrienta en la escasez… así, sola, despiadadamente sola: única, impar, disoluta. Que necesito destruirme. Caminar muriendo lenta, muy lentamente, sin ti. Y un día, un día vendrán las gaviotas; sabré entonces que he llegado nuevamente a tierra firme y que esta vez, la isla seré yo.

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