9 MESES Y UN ADIÓS

NOVIEMBRE: El MUNDO CADA LUNES


Mientras en marzo de este año yo me reencontraba en un café con unas amigas en Tetuán, en el centro de Madrid una Mujer venezolana, lesbiana, de 40 años; caminaba sin rumbo por las calles de Sol. Mientras yo tomaba un té, ella lidiaba con el poco calor de su ropa, inadecuada para un invierno de cinco grados… invierno que, aunque estaba a punto de irse no dejaba de congelar. Ella, sola, comía en comedores públicos, dormía en centros de refugios y caminaba todo el día en el frío de un país que no era el de ella. Con lo poco que tenía y mucha fe, publicó anuncios de solicitud de empleo y le pidió a Dios que la soga que la apretaba no fuera tan fría. 

Mientras ella luchaba contra el frío, en Costa de Marfil (África) un hombre era perseguido por ser homosexual y zarpó en una patera para trasladarse hasta España. Mientras él luchaba por su vida a mar abierto, en Túnez (África) dos activistas por los derechos LGBTI en ese país huían por avión… huían de una prueba anal, prueba que practican en Túnez para confirmar que eres homosexual y llevarte preso.

En abril, mientras yo estaba estrenándome como guía turística en Sol, la mujer lesbiana de 40 años había encontrado un trabajo y una amiga de una amiga que la dejó dormir tres días seguidos, bañarse sin miedo y quitarse el frío de un mes. La soga de repente se volvía pashmina, el sol salía para ella, pero oscurecía para una pareja de hombres que en la tierra del Machu Picchu (Perú), decidieron que la presión social y las amenazas de muerte habían llegado a su punto más álgido y con sus pocos ahorros, su amor homosexual y sus manos entrelazadas decidieron venirse a España; misma razón por la que un jamaiquino de 20 años ejecutó la misma estrategia, el mismo mes, tras ser ferozmente golpeado y haber devuelto con furia los mismos golpes a sus homofóbicos contrincantes.

En mayo, un joven en El Salvador es amenazado, lo querían violar porque en El Salvador violan a los chicos homosexuales con mucha frecuencia. Él, afeminado y joven, no podía hacer más nada. Cada día era uno menos. Ya estaba fichado en su barrio, así que, con todo el susto y el poco dinero huye a Francia a quedarse en la casa de un tío político. Como buen político su generosidad terminó siendo diplomacia exprés y pasajera. Bajo el auspicio de una amiga llegó a Madrid donde fue ayudado por una ONG y la fundación La Merced. Esta fundación es quien acoge a los inmigrantes LGBTI brindándonos orientación y asesoría. A esta misma fundación llega un hombre de Siria que no sabe leer, ni escribir. Ni sabe inglés, ni sabe español. Solo sabe hacer algo: sobrevivir. Su idioma quizás es la fuerza en medio de un país, su país que convive con explosivos y muerte.

Es la misma fuerza que tal vez tuvo una mujer transgénero mexicana, que no tuvo la suerte de nacer al sur de México y ser «Muxes» (término indígena usado para denominar a una mujer transgénero en Tehuantepec -Oxac- donde es aceptada con la condición de que cuide a sus padres y a todo el que tenga que cuidar). Por el contrario, al ritmo feroz del machismo mexicano, con más acoso y persecuciones que dinero; lograron que se viniera a España. Ella es la misma que el lunes pasado nos dio una charla sobre los términos correctos en relación a la sexodiversidad, mientras una intérprete de señas le hacía llegar a un joven sordomudo de origen cubano la charla. Un joven sordomudo que cansado de la dictadura y la represión decidió que, si se iba a sentir solo siempre, mejor sería hacerlo en otro país con libertad de expresión para todas las lenguas, incluso la de señas. Así como otro solitario joven transgénero decide estudiar las señas de los vientos del mar Mediterráneo y lanzarse en un kayak en la noche para que la corriente lo lleve hasta Ceuta, (frontera entre España y Marruecos) y ni el misterio, ni el mar enfurecido de una noche fueron tan peligrosos para él como tocar tierra y encontrarse con sus compatriotas marroquíes que, como tiburones homofóbicos, intentaron quitarle la vida. Su fiereza, sus ganas de vivir y la protección de una ONG española le salvaron la vida y actualmente se traslada en metro y no en kayak; usando una falda sin riesgo de ser asesinado por ello.

Así, una parte del mundo coincidimos en una fundación que nos apoya, nos empodera y nos orienta, Fundación La Merced. En esta fundación, cada lunes a las 5 pm, nuestras malas noticias tienen alternativas. Los eventos traumáticos van perdiendo poder y la esperanza se sienta con nosotros a la mesa. Nos dan talleres sobre delitos de odio, educación sexual, derechos y deberes en relación al asilo, la residencia permanente en España. Nos muestran los rincones legales que por miedo o desconocimiento no son mencionados. 

En esas sesiones nos conocemos, creamos vínculos, nos familiarizamos con países e idiomas que ni en la mejor exposición de geografía imaginamos nombrar. El francés, el árabe, el inglés, el español, se escuchan y conviven en la tertulia; pero el mejor idioma es la empatía, la mirada que reconoce que ahí cada uno perdió algo. Que ahí cada uno, no importa si es negro, blanco, mujer, hombre, transgénero, o gay… ahí cada uno en algún momento se sintió diferente, formó parte de una minoría, estuvo en riesgo. Es obvia, tácita la comprensión. 

La chica lesbiana de 40 años y yo coincidíamos en la risa con los particulares códigos humorísticos venezolanos, el chico de El Salvador se unía tímidamente, los peruanos se abrazaban mientras nos explicaban que en Perú si eres gay y vives en el campo es más aceptado; porque alegan que estar cerca de las flores te feminiza. Entre reírnos «a salvo» de la ignorancia mundial, entre preguntar en qué estatus está nuestra libertad condicional, vamos andando en un país que; aunque quizás es lento en materia de trámites, tiene la fuerza y la intención de respetar nuestros derechos humanos, nuestro derecho a ser diferentes, nuestro derecho a estar vivos. Hay quienes ya tienen el asilo, hay quienes siguen en la lucha apelando al fallo de la solicitud. 

Hay momentos de rabia, de espera. La desesperación, la urgencia y el exilio son las franjas de la bandera de tres colores que todos hemos alzado, pero no estamos solos. El mundo se sienta en una mesa, la mesa de los que solicitamos asilo, de los que perdimos algo, de los que corrimos, nadamos, fuimos interrogados, amenazados, pero jamás vencidos, porque nos hemos salvado de algo y vinimos a España a continuar con nuestras vidas. Cada lunes el mapa del mundo se acerca en una mesa en la fundación La MERCED y nos reímos en todos los idiomas... sobre todo en el idioma de la esperanza.



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