8 MESES Y UN ADIÓS


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6 Meses y un Adiós

SEPTIEMBRE

UN ADIÓS NUEVO 
«La besé cuantas veces pude, miré sus ojos ya tristes y la cargué para que ambas nos sintiéramos acompañadas» 


Cuando llegué de Barcelona la gata estaba enferma, al principio pensamos que era una simple indigestión, pero no. Los días pasaban y con ellos Chichi se ponía peor. «P» la llevó al hospital y la tuvieron un día entubada, le comentaron que era cuestión de tiempo, sus riñones se habían cansado, era una gata vieja que ya tenía problemas renales. Poco a poco dejó de treparse para buscar jamón de pavo o gambas (camarones). Dejó de comer y a veces dormía donde hacía sus necesidades; eso en un gato es muy extraño, de lo contrario dormía conmigo y lloraba cada cuanto y cada tanto vomitaba, más de una vez me desperté en la madrugada para limpiar el vómito. Cada tarde se escondía en el closet y ya no salía, empezó a costarle saltar. 

El silencio incómodo se apoderó del ambiente, había una decisión que nos mordería a todos, pero la gatica ya se había rendido; así que «P», con todo el dolor de su mundo, dijo lo que ninguno quería escuchar: «Mañana voy y la mando a dormir». Era su gata, su hija: 14 años con ella, dos años con «M», siete meses conmigo. Esa noche no coloqué el sofá cama, sabía que buscaría treparse y que le costaba mucho hacerlo; incluso estando solo el sofá, buscó dormir cerca de mí y cayó al piso. Ese golpe me dolió, así que me senté con ella en el suelo y tuvimos ambas una vigilia toda la noche, quería que no amaneciera y al mismo tiempo quería que se terminara su dolor. La besé cuantas veces pude, miré sus ojos ya tristes y la cargué para que ambas nos sintiéramos acompañadas. Cuando amaneció, «P» saco la cestica, la gata me miró y yo la miré, la besé en su cabecita y «P» salió con ella para ir a dormirla. No la volví a ver, se hizo un nuevo vacío en mi pecho con forma de gata: Chichi había muerto. 

ESTACIÓN VALLADOLID 
«Los artistas siempre perseguimos la fortuna de vivir de nuestro arte» 



Con el duelo de la gata a cuestas, una buena noticia me abrazó un poco el ánimo, Poetry Slam Madrid me llamó para invitarme a formar parte de los poetas que representarían a Madrid en Valladolid. Los artistas siempre perseguimos la fortuna de vivir de nuestro arte y a veces pasa que un fin de semana está patrocinado por la dicha; conocer otra ciudad por cortesía de mis versos es el mejor turismo para mí, la felicidad tiene ese tránsito y ese fin de semana fui inmensamente dichosa. En el camino de ida no tenía la suficiente confianza para interactuar con los demás poetas, sin embargo, ya de camino a uno de los primeros recitales (nuestra competencia era en la noche) la confianza estaba al servicio del buen humor. No dejé de tomar fotos, de beber con poco presupuesto, de disfrutar el hotel y el desayuno, le di gracias a Dios (que es mujer y que me quiere mucho) por lo vivido, por lo escuchado. Valladolid era música, poesía, risas, alcohol, fiesta y díganme si esas palabras juntas no son en definitiva lo que te hace sentirte viva y plena.


¡MALDITA LISIADA!
«Creo que, si hay algo cierto en toda esta aventura migratoria, es que la incertidumbre siempre está a la vuelta de la esquina»

Adicional al viaje, en el mes de septiembre y como mencioné en la crónica «El monstruo está en el baño» https://karlinatodasellas.blogspot.com/2018/09/el-monstruo-esta-en-el-bano.html(si no la ha leído vaya y la lee), efectivamente me habían contratado para cuidar a unos ancianos los fines de semana. Los abuelitos resultaron un amor y una inspiración, además que esa propuesta llegó antes, con menos horas y mejor remunerada que la de limpiar la casa de una pareja de recién casados. Sin embargo, lo que no contemplé fue la llegada de un personaje nuevo: la hija; una loca, borderline -alcohólica al mejor estilo de «Itati Cantoral» con su emblemática frase «Maldita lisiada» en «María la del barrio». Esta loca me trató de la misma forma y como yo carezco de sumisión, lejos de decir «mande patrona», puse mi mejor cara de asesina serial sabiendo las consecuencias. No podía yo permitirle sus frases como: «y la cabeza no te da para preguntar quién hizo la sopa» o ésta, que fue como si me pellizcaran los ovarios: «Vete de inmediato a tu servicio y no salgas hasta que te lo ordene». Así que me despedí de Yaya, de sus cuentos y de Drácula y su caballerosidad. Me regresé a Casa de M&P contando el intento de humillación. Me quedé sin trabajo. 

La abuelita me llamó para ofrecerme disculpas y pagarme el mes completo para resarcir los daños de su hija: «Disculpa yo sé que ella está muy mal de la cabeza, pero no puedo controlarla y se quedara aquí». Entendí sus razones y me resigné; creo que, si hay algo cierto en toda esta aventura migratoria, es que la incertidumbre siempre está a la vuelta de la esquina.

ESTACIÓN: ASILO

«Estar en situación de calle no es solo vivir literalmente en la calle; sino no poder pagar una habitación o piso, por ende, para España yo estoy en situación de calle»



Con el proceso de asilo tuve la entrevista el 14 de agosto, esa entrevista me llevó a otra en septiembre con una trabajadora social, la misma me exponía que si aceptaba la ayuda del Estado español para refugiados y solicitantes de asilo, se me asignaría una habitación donde debía permanecer seis meses, la habitación no necesariamente estaría en Madrid. Me aclaró que el sistema de ayuda también me brindaría asistencia médica y psicológica, si así lo deseo, y que se tomaría en cuenta mi preferencia sexual y los mecanismos de seguridad que la misma exige. 

Dije que sí, que sí aceptaba. Sin permiso de trabajo, recién despedida y durmiendo en el generoso sofá de una amiga, no tenía más opciones viables que aceptar. Para el Estado español, estar en situación de calle no es solo vivir literalmente en la calle; sino no poder pagar una habitación o piso, por ende, para España yo estoy en situación de calle. Me fui de esa oficina llena de incertidumbre. Si me sacaban de Madrid ¿a dónde iría?, ¿cómo serían esas habitaciones? Aunque valoran el hecho de que yo tengo el tratamiento médico en Madrid, el sistema de ayuda está colapsado, así que me pusieron en lista de espera.

Ese fue el verbo del proceso de asilo del mes de septiembre: esperar.

OCTUBRE 

MI NEGRA BLANCA 
«Ella me dibujaba desnuda, yo le escribía poemas en la piel» 


Antes de hablar de octubre de este año es indispensable hablar de noviembre del 2016 en Caracas- Venezuela, cuando Tinder, en su maravilloso pero ineficaz GPS se equivocó al ubicarme a una mujer cerca y un check nos coincidió. Cuando ella y yo hablamos por Tinder y posteriormente por wasap, mencionó que tenía una relación abierta con un chico nórdico y que en esta oportunidad quería experimentar a solas con una mujer. Como era «abierta» la relación yo me metí, aunque dudé porque me prometí no volver a meterme con mujeres casadas, o con novias o sexualmente extraviadas; porque cuando fui yo la novia a la que le montaron los cachos no fue muy divertida, pero esta vez había permiso. La puerta estaba abierta y ella era muy bella, había mucha química y yo no soy tan fuerte cuando una mujer me gusta. 

Ella no vivía en Venezuela, pero era de Maracay y estaba allá esperando el trámite para renovar su pasaporte, yo insistía en el país. Así que, entre mensajes profundamente subidos de tono, las ganas pidieron un encuentro en vivo. Ella llegó al terminal La Bandera, un terminal talentosamente feo en Venezuela, llenito de basura, transporte público y privado en mal y buen estado y pregoneros por todas partes gritando de un lado a otro «Valencia» «Maracay» y otras regiones del país. 

Como mi país es tan inseguro yo le mandé un wasap a mi hermana: «Voy a meter a una mujer en mi casa si te escribo “rojo” es porque me robó» … porque yo no sabía si ella era traficante de órganos y quería un riñón, o era un secuestrador, o efectivamente una hermosa maracayera. Para el 2016 yo tenía moto, pero decidí irme en metro (no vaya a ser que me robara la moto), por tal motivo llegué media hora más tarde. Y ahí estaba ella: alta, con su cabello salvaje y su mirada tímida y triste. 


Llegamos a casa, le di una cerveza, pero las palabras eran nerviosas. El deseo estaba atorado en las oraciones, entonces la besé junto a mi sofá y calientes y solas le extendí mi mano; tomó de ella y nos fuimos a mi cuarto, tuvimos sexo toda la noche. En las pausas, cervezas, cigarros y Mercedes Sosa de hilo musical acompañaban las conversaciones. Se supone que se iría al día siguiente, pero el deseo insistió todo el fin de semana. Ella me dibujaba desnuda, yo le escribía poemas en la piel. Mientras el país se caía, en un apartamento de Los Cortijos el gusto sumaba una victoria. 

Así, sin darnos cuenta, cada fin de semana se extendía a más días. Me acompañó a eventos de poesía, conoció a varios amigos, pero la despedida estaba latente, en algún momento le saldría el pasaporte y se iría con su novio nórdico. Nunca antes había agradecido a la burocracia los pésimos servicios del Estado. 

De pronto, el novio mente abierta empezó a tener celos en su mente abierta y ella empezó a tener dudas. Tenían planeado casarse para que ella tuviera los papeles en su país nórdico, pero mi nombre fue ruido y pregunta. Dudó en casarse, pidió tiempo, el novio nórdico lloro, yo me involucré más de la cuenta. Entre las tensiones y la rara eficacia en marzo de los trámites del pasaporte, pusimos fin al contacto y ella se fue. 

DE LA CIMA Y LA CAÍDA 
«Sé que no es bonito que la felicidad venga de la infelicidad de otro, pero el deseo es un río crecido que nadie puede domar» 

Dos años más tarde y antes de octubre, me lloviznaban «me gustas» de su cuenta en Instagram. Ya me había enterado de que se había casado y la foto me había dado un mal mordisco, así que decidí no ver más sus redes, hasta que por mensaje privado de Ig; al verme en España me dio la bienvenida a Europa: «Estamos cerca Karlina». Esta vez ya su relación con el nórdico se había consolidado, sin embargo, ella seguía rondándome. Yo, como ya dije, no soy tan fuerte cuando una mujer me gusta. 

Nos embarcamos en mensajes clandestinos, llamadas prohibidas y la planificación del viaje para reencontrarnos. El corazón lo tuve en completa ansiedad esperando vernos de nuevo. Me cuestioné el triángulo amoroso, pero en esta aventura isósceles ella es una punta difícil de dejar. Llegó el día en que la esperé yo a ella; no en el terminal de La Bandera, sino en el aeropuerto de Barajas, dos años para volver a besarnos, y así fue como en una pequeña habitación de Galapagar volvimos hacer el amor, volví a ver sus tetas negras con su piel blanca sobre mí, su cabello salvaje. 

La excusa para venir fue un taller de dibujo, pero ella no dibujó bien las mentiras. El novio, ahora esposo y con la mente cerrada descubrió la cuartada, aun así, los días continuaron. Sé que no es bonito que la felicidad venga de la infelicidad de otro, pero el deseo es un río crecido que nadie puede domar. 

Fueron 14 días. Me sentí acompañada, querida, con energía. Ella y yo tenemos muchas cosas en común. El humor es igual, ambas somos artistas, ambas venimos de Venezuela y ninguna de las dos tenía dinero. Madrid fue cómplice, le hice la ruta que le hago los turistas, entre besos y risas comimos tortilla española… cañitas. Le había encantado la palabra «mogollón» cada vez que la escuchaba se reía. La lleve a casa de M&P, «P» nos preparó paella y la verdad es la mejor paella que he probado. Comimos, bebimos, ella fumó marihuana. Me sentía en familia, me sentía con novia, me sentía feliz. 

Conoció varios lugares de Madrid: Matadero, Sol, Chueca. Volvió a reconocer mi piel, yo volví a conocer la taquicardia y la contemplación. Comimos hamburguesa en McDonalds, nos tomábamos de la mano, nos besamos siempre. Desayunábamos arepas hechas por ella y orgasmos hechos por las dos, cenábamos lo mismo. Salimos con «M» a visitar la librería de la mujer, encontró libros de poesía que hablaban sobre la reivindicación africana, y yo hacía un poema sobre ella mientras no me miraba; tomamos chocolate con churros y, cuando llovía por las noches, era una bendición tenerla cerca y desnuda, cerca y mía. La cama era individual; sin embargo, el amor cabía y nuestros cuerpos se amoldaban muy bien, como si fueran de la talla adecuada; ella alta me cubría y yo en cualquier rincón me escondía en su piel blanca, con su cabello de negra, sus curvas de negra, su grito de negra, sus tetas de negra. Y esa negra blanca me hizo feliz 14 días. 

Lamentablemente el tiempo pasó y llegó la hora de dejarla de nuevo, podria yo hacerme mil preguntas y sería inútil. Lo cierto es que efectivamente está mal salir con una mujer casada, también está mal casarse sin estar enamorada y también está mal casarse sabiendo que el otro no está enamorado de ti. 

Me dejó su tarjeta de transporte como excusa simbólica para volver, nos besamos por última vez, la vi abordar, la vi desaparecer de mi vista. Quizás con el tiempo nos volvamos a encontrar sin tener que lastimar a nadie o, quizás, yo me enamore de otra mujer y ella siga con su chico nórdico y sus papeles, o tal vez a la tercera va la vencida y al volvernos a ver no nos tengamos que despedir. No lo sé, yo solo guardo su tarjeta, la esclava, el recuerdo. 

Cuando llegué a casa sentí que todo se me vino encima, como si todas las ausencias hubiesen despertado. La desesperación de no tener casa, dinero, el ardor de extrañarla… a ella, a mi país, a la gata, a mi familia, a mí. Mi pecho colapsó, colapsó de puro dolor. Decidí ir al psiquiatra. Cuando la doctora me dijo: «¿usted que tiene?», todo el llanto contenido saltó como un torrente, como el mar cuando destroza islas, carreteras, pueblos enteros… lloré, lo lloré todo; rendida con las manos en mi cara, lloré frente a la doctora: «Tristeza doctora, una profunda y muy grande tristeza. Eso es lo que tengo» 

Noviembre me agarró en la más profunda oscuridad.

       
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Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Te amo. Me duele