LOS COLMILLOS DE MADRID


"Cuando vives en Madrid no dejas de admirarla nunca. Es como casarse con una mujer hermosa, brillante… sólo que esta vez la miras despertarse, le conoces sus defectos, la ves en pijama"
Cuando eres turista en Madrid te conquista de muchas formas, pero su mayor arma de seducción son los innumerables cafés; surtidos de terrazas, comida deliciosa, licor y buen ambiente. No te da un viaje ni la vida entera para conocer, visitar y comer en todos los cafés que ocupan los rincones de Madrid. Entre sus calles hermosas, su nocturnidad diversa llena de entretenimiento para todos los gustos, su transporte puntual y surtido que te lleva a todos los sitios de forma segura y esa combinación contemporánea y antigua en su arquitectura; Madrid se te queda en el corazón. Por algo gran parte de su economía tiene que ver con la hostelería y el turismo. 

Si caminas sus avenidas y su centro, en cada esquina hay un artista deleitándote con su música. Los hay desde raperos, trovadores y mariachis hasta cantantes líricos de una gama interminable de nacionalidades. Estos últimos años es Venezuela un acento y una música muy concurrida. 

Cuando vives en Madrid no dejas de admirarla nunca. Es como casarse con una mujer hermosa, brillante… sólo que esta vez la miras despertarse, le conoces sus defectos, la ves en pijama, en el baño, con el rollete puesto. 

Quizás esa comparación sea la comparación que se me viene a la mente después de vivir una experiencia no tan grata en un local: «La Tintorera», es un local ubicado por Sol, en la calle Barcelona del centro de Madrid. Su dueño me llamó porque había visto mi anuncio en MILANUNCIOS.COM donde yo ofrecía mis servicios como camarera novata solo los fines de semana. 

Me dijo de forma amable y rápida que si podía venir para la prueba/entrenamiento el miércoles, que el pago era de 9 euros la hora y que el pagaba los entrenamientos. Horas trabajadas, hora pagadas, así que fui a mi prueba/entrenamiento. 

He sido camarera «extra», es decir, me contratan en un local uno o dos días si la camarera que esta fija se ausenta. Como son pocos días y una paga buena e inmediata lo hago y la verdad me divierto. 

Cuando llegué al local me recibió una camarera, una chica hermosa y catira de un acento que no descifro. Me dijo que Pablo, el dueño, estaba abajo. Bajé y el dueño me saludó amablemente y me presentó a María —ella es la encargada—dijo. Me presenté con un «mucho gusto, Karlina», pero María ni volteó a mirarme, siguió contando los platos de la enorme mesa que estaba atravesada en ese salón, un salón pequeño destinado para reservas grandes. —Quédate aquí— me dijo el dueño. Y subió. Me le quedé viendo a María y le pregunté si la ayudaba. Ella seguía sin mirarme. María era una mujer de mi edad… quizás mayor, de cara dura y cuerpo para nada bello. Después de verme plantada allí varios minutos, me dijo que buscara agua caliente y un trapo y limpiara los cubiertos. Lo hice. Supe que la noche prometía, que María no me quería ahí, que quizás no quería a nadie allí, pero me quedé porque no tenía nada que hacer esa noche, porque quería y necesitaba el dinero y porque quería ver si María se ablandaba. Además, era un local más grande que los locales donde había trabajado antes y la idea de aprender y pasar por la experiencia me seducía. 

Después de limpiar los cubiertos subí, pregunté por el número de cada mesa y su orden y Pablo, sentencioso, le pidió a María que se tomara en serio el hecho de que debía entrenarme. Creo que su odio aumentó, me miró pero no me sostuvo la mirada, me explicó muy rápido la carta y cómo estaban ordenadas las mesas. Evidentemente nada memoricé, para ella era un guion repetido más que sabido, pero igual empecé a localizar con el sentido común ciertas cosas. Pablo cada tanto se acercaba para ayudar, por su parte Julia (la catira) me miraba, veía como hacía las cosas y me decía cómo hacerlas de forma correcta. 

En este restaurante la bandeja cobra vital importancia, como es un local grande, se hace indispensable el malabar de manejarla, sin embargo mi entrenadora no me dijo cómo usarla. Me pidió sin mirarme y con la prepotencia característica de quien no quiere hacerte la vida fácil: «Sigue a Julia hasta abajo» y yo ingenuamente pensé que tendría que seguirla para ayudarla. «¡No, niña! Qué la sigas con esta bandeja». No era cualquier bandeja, yo cabía entera ahí. Pesada como la encargada, tenía en ella platos pesados con comidas; era como cargar una pesa enorme. Ella me miró sabiendo que yo no lo haría bien y yo la miré retándome. Julia me hacía seña con la suya para que la tomara de forma correcta. Tenía que caminar, bajar las escaleras, bajar la inmensa bandeja y servir a los comensales el plato. Parece tonto, un trabajo ínfimo, un trabajo para el cual no se estudia; pero en ese momento parecía una presentación de tesis, el juego de la semifinal del mundial del fútbol o la última acción para derrocar al dictador. 

"La bandeja era tan grande, las escaleras tan angostas, el peso tan jodido y yo tan inexperta, que me pasó ante los ojos mi vida entera y una nueva opción de muerte"

Alcé la bandeja (o quizás ella me alzó a mí), pesaba como me pesan todos mis remordimientos al día siguiente de beber. Di dos pasos y sentía que encima cargaba todo un gimnasio. Las miradas estaban volcadas sobre mí. «Anda Karlina, tú puedes, avanza» —me decía yo—. Caminé tan lento como pude y vi las escaleras. Cada vez que imagino cómo muero, me imagino que muero ebria manejando un carro y perdiendo el control o que una mujer muy loca me asesina en una crisis mental, o muero en un yate escribiendo mi último poema de amor antes de quitarme la vida, ¿morir por no saber cómo manejar una bandeja? Esa nueva presentación de muerte no me la había planteado, pero la bandeja era tan grande, las escaleras tan angostas, el peso tan jodido y yo tan inexperta, que me pasó ante los ojos mi vida entera y una nueva opción de muerte. «¡Vamos Karli, vamos!» me decía una Karlina intentando bajar las escaleras. En la barra se escuchaba la risa de María. «Marica, ¿en serio nos vamos a morir por una puta bandeja y 9 euros la hora?» me decía otra Karlina, arrecha mientras mi cuerpo daba los últimos pasos para caerse o rendirse. «¿Te ayudo?», dijo una comensal que venía subiendo. Me debatía entre decir que no o asumir que no podía diciendo que sí. Mi poca fuerza se venía abajo. Así como es una vergüenza enorme que un actor olvide su letra y el público lo note, es una terrible vergüenza que un comensal te ayude a cargar tu bandeja; pero era pedir ayuda o morir, así que la comensal me ayudó a bajar la bandeja y para María dejó de ser divertido porque una comensal se apiadó de mí. 

Ya cuando estábamos atravesadas en medio de las escaleras, María alzó sin contratiempo la bandeja diciéndome cómo debía hacerlo porque claro, como estaba la cliente ahí… bajó y terminó la labor. Yo subí con los brazos agotados y fui a una mesa a retirar los platos, los llevé a la cocina y los dejé en el sitio equivocado. «Dile a María que te enseñe en dónde se ponen los platos», sentenció el cocinero, mientras bebía quizás su tercera cañita, acompañado de un filipino a quien tampoco le importaba mucho mirarme. María volvió al ataque, esta vez con una bandeja más pequeña para que sirviera tragos en la terraza. Algunos ya sabía servirlos, así como sabía abrir botellas de vino, pero cada vez que le preguntaba dónde estaba algo ella decía «en su puesto» y retrasaba mi servicio. Luego iba como una salvadora a la mesa y lo hacía todo más rápido y de forma correcta delante de mí, opté entonces por seguir limpiando con agua caliente los cubiertos, secándolos y colocándolos en su sitio, que ya sabía dónde quedaba; pero al revisarlos dijo que lo volviera hacer porque habían quedado mojados. Al colocar el trapo en la barra, me soltó: «Aquí nadie va a recoger lo que no pones en su sitio y ese no es su sitio». Ponía todas las trabas y todas las caras. Su mal genio y sus ganas enormes de humillarme eran el plato fuerte. 

A pesar de las intenciones de María, no me llegué a sentir mal. La observé. También a Pablo, al cocinero que ya iba por la sexta cañita, a los comensales tomándose fotos y viendo la carta con esmero. Bajé donde estaba Julia. Terminaba de limpiar una mesa que los ocupantes ya ebrios, en retirada, dejaban y subían para despedirse. «¿Hasta qué hora es la jornada?», pregunté a Julia. «Hasta que todo esté limpio, hay que subir cuatro mesas… ven, ayúdame». Por un momento me sentí como quizás se siente la gente que es involuntariamente esclavizada. Me dolía todo el cuerpo, las caderas me mentaban la madre, todos parecían resignados. Son más de 10 horas diarias con un solo día libre a 9 euros la hora. Como un ratón en la ruleta, trabajas para pagar el sitio donde te vas degollando del cansancio todos los días. ¿Cómo es un día libre de un camarero que lleva años siendo camarero? Pasas más tiempo en ese restaurante que en cualquier otro lado. Secando los cubiertos, sirviendo, pagando, fregando, barriendo, cargando bandejas. El restaurante era el país de la inercia, de quien en algún momento se volvió un autómata del servir y no volvió a estar vivo. Quizás María no quiere a más nadie en su casa, quizás María está cansada de entrenar, quizás María odia a Pablo y se odia a sí misma. Quizás le guste su vida y su bandeja absurdamente grande, pero no vi personas felices, vi personas resignadas; aun y cuando a los comensales los atendían con todas las sonrisas. 

Observé a Julia y la ayudé a subir dos de las cuatro mesas. Mientras Pablo hablaba con varios clientes me acerqué para poner mi renuncia, me preguntó por qué y yo me excusé con el metro y otras tonterías, «Nada… dile a María que te pague». Busqué mis cosas, sabía que María se tardaría en pagarme, pero esperé en calma, creo que mi calma la exasperaba más. Me hizo firmar un recibo y me dio el dinero. Me despedí con una sonrisa y caminé cansada por las mismas calles de Madrid que tanto enamoran en las fotos, preguntándome cuántos zombis reproduce el negocio de la hostelería, cuántas personas dejan sus sueños y cuantas los encuentran en Madrid, cuántos músicos te ponen el forro de su guitarra para que tu caridad les dé para el piso porque el arte no es un oficio «serio» ni aquí ni en ningún lado. Que mientras hacemos historias en IG con una música de fondo, luego ese músico cuenta la caridad y se retira con el sueño del disco que no logra aun, en un sistema que devora cada euro que produces. 

Esa noche le tuve miedo a Madrid. Evidentemente no volví más a ese local porque en el fondo, aunque necesitaba el dinero, puedo darme el lujo de necesitar más mi dignidad y mi calma; pero sabemos que la mayoría de los inmigrantes no se pueden dar ese lujo, que tras una humillación tragada está la imagen de la familia que tienes en Venezuela, en Perú, en El Salvador… o la de tu hijo que te espera en una habitación ínfima en algún lugar de Lavapiés. La ola de desesperanza alcanza también al español. 

Madrid es hermosa, limpia, ordenada, de avanzada; pero también es dura, fría, clasista. Madrid tiene colmillos y esa noche los pude ver.

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Comentarios

Unknown ha dicho que…
Madrid Madrid! Palabras que ilustran claramente la realidad de esta bella ciudad...La amamos pero es dura
Pd:#odioamaria jajaja
Nathalia Paolini ha dicho que…
Creo que Madrid tiene muchos nombres, a veces se viste de "María la amargada" y es fría e indiferente. También se pone el de una señora de nombre desconocido que te da el euro que faltaba para pagar un bus. Madrid tiene oscuridad y luz. La cara brlla es espectacular, la cara fea es implacable. De todos modos #odioamaria
Izamar ha dicho que…
Amiga, me gusto mucho tu texto. Se me parecio a Buenos Aires. O mejor dicho, a mi experiencia en buenos aires hace menos de un año.