EL MONSTRUO ESTA EN EL BAÑO


         Encontré trabajo, por supuesto en la gama límite de trabajos a los que tienes acceso en el rigor del estado nacionalista de España cuando eres inmigrante; muy a mi pesar lo acepté, resistida lo acepté, con la sensación de que el sistema me violaba lo acepté, como una especie de ceremonia silenciosa de iniciación a la vida triste pero con los gastos cubiertos acepté. Cuando lancé el: «Sí vale, dile que sí» a la amiga que generosamente me recomendó, una parte de mí se sintió quebrada.

          El jueves tuve la entrevista de trabajo, era en una zona «pija» (zona donde vive la clase pudiente de Madrid), una residencia hermosa y pequeña en el piso 3, (enhorabuena el número 3). Me recibió una señora en silla de ruedas, era menuda, blanca con ojos azules, ella sería mi jefa. La señora a la que tendría que acompañar desde los sábados a las 8 pm, hasta los lunes en la mañana.

                Básicamente es tácito que yo no tengo papeles. Venezuela es una palabra clave para la obviedad, la sinergia es que saben que no puedo trabajar legalmente y que ellas evaden los contratos, es el secreto a voces llamado «trabajo al negro»; el mismo que por ser como es, es un trabajo bien remunerado.

         Luego de aclarar con su hija el salario, las horas y la dinámica, conversamos y descubrimos con alegría que la señora y yo éramos escritoras. Ella una escritora de reconocida trayectoria en EEUU, su país de origen, una profesora de inglés aquí que también crea y publica literatura infantil. Así que fue como una coincidencia gloriosa que la literatura fuera nuestro gran punto en común. «Yaya» (es su apodo) habla como toda gringa que sabe hablar español, pero no deja su esencia norteamericana. Su casa es grande y fresca, repleta de libros y antigüedades, con el parqué del piso tan jubilados como sus dueños. Una terraza con vista a la piscina y los techos vecinos y dos gatos también longevos, uno blanco y otro negro.

          Las labores son básicamente acompañarla a ella y a su esposo que no conocí el jueves y que de tanto nombrarlo sin verlo ya me parecía un personaje de una obra de teatro que está de forma omnisciente, pero con mucho peso. Su hija menor era la responsable de la petición de que no estuvieran ni un solo minuto solos. Yaya a pesar de estar en silla de ruedas parecía independiente y el señor hacía todo solo, pero estaba quedando ciego y hace un par de semanas lo hospitalizaron porque quedó desmayado en una silla con la tensión alta o baja. En el momento habían creído que la muerte había ganado la partida. Victorioso siguió vivo, aunque muy asustado.

       Llegue el sábado a las 8pm para mi nuevo trabajo, «cuidadora», por un monto que según las lenguas migratorias y no migratorias es un muy buen pago para tan pocas horas. Lo cierto es que con ese pago me puedo mudar, que es el segundo nivel de este proceso lento hacia un no sé.

          Yaya es una mujer encantadora, al igual que su hija Elena. Agradecí infinitamente su amabilidad, esas que con el tacto justo saben decirte lo que tienes que hacer sabiendo que tú no te preparaste para tal oficio y que lo circunstancial es la razón. Elena me mostró la cocina, la casa en general en conjunto con Yaya, una cocina con vajillas que parecían de buen material, pero antiguas. Todo parecía hermoso y antiguo como Yaya. Elena me mostraba dónde estaban las tazas, los platos, qué le gustaba a la señora y al señor, dónde quedaba mi cuarto, la nevera, la terraza. Yaya también formaba parte del tour de la casa. Yaya se mostraba entusiasmada porque yo escribía y escribía poesía. Decía: «Oh es-cri-be po-e-sia es ma-ra-vi-io-so» en tono gringo y admirable. «Cuando puedas muéstrame lo que es-cri-bes, por favor y si gustas puedo en-se-niar-te inglés y lo que yo escribo tam- bién».


            Después de cenar había una camaradería literaria, su hija era profesora de literatura, Yaya escritora de cuentos infantiles y yo de poesía. «Creo que tú ne-ce-si-tas una lámpara mejor. Elena, vamos a buscarle una lám-pa-ra mejor, que la que está en el cuarto. No es para leer, y ei-a lee y escri-be». Me llevó hasta los otros cuartos para buscar la lámpara idónea para mí. Lo hacía moviendo la silla con el pie, casi siempre lo hace por su cuenta. Tiene artrosis, y en una operación de la cervical que no salió como se quería quedo con varias partes de su cuerpo inmovilizadas. Yaya no siente las manos, pero sigue escribiendo. Yaya insistió en la lámpara para que yo pudiera leer y escribir en la noche porque según ella, ellos no molestan por las noches y yo necesito tiempo, porque «los escritores siempre necesitamos tiempo».

         Y, efectivamente, así fue. Tienen un aparato que suena cuando necesitan algo, pero en la noche no sonó. Yo, a pesar de la lámpara y el cuarto cálido y un libro que releo de Gabriel García Márquez no pude leer. Aun y cuando dicen que «no molestan por las noches» no es bueno que la «cuidadora» que toma pastillas para dormir se las tome y caiga rendida hasta las 10am, así que me mantuve en vigilia, hasta la cita en la cocina que tenía con Elena para mostrarme como debo prepararles el desayuno a Yaya y a su esposo que seguía sin conocer. Solo escuchaba su voz desde el cuarto.

          Llegué puntual a la cocina, esperando a Elena. Me enseñó a hacer café (sí, no sabía hacer café), a ubicar las cosas en la mesa para que todo estuviese hermosamente orquestado y puesto cuando sus padres despertaran. Era la primera vez que hacía tanto por un desayuno: uvas, galletas, té, café, mermelada, yogur, platos distintos, agua, y todo servido al alcance de sus limitaciones. Cuando despertaron, tenía curiosidad por el señor: «el señor lo toma fuerte», «el señor no ve», «el señor se sienta aquí». Cuando salió de su cuarto y logré verlo, la comiquita Hotel Transilvania vino a mí. Drácula estaba jubilado y vivía en Madrid, era un hombre alto, esbelto, de patillas y cara larga. Tenía todo el porte del conde Drácula, su voz pesada y lenta. Me saludó amablemente y tendió su mano, una mano inmensamente larga. La tendió hacia un lado donde yo no estaba, pero fui hasta su mano y le saludé. Yaya también se acercó a la mesa y nos sentamos a desayunar todos.

           El señor miraba unas fotos con lupa y no dejé de verlo como un personaje surrealista, un cómic, Drácula jubilado. Así está clavado en mi mente. Después del desayuno, Elena y Yaya se iban ausentar y me dijeron que si podía ayudarles hacer la cama mientras ellas bajaban y luego sentarme con el señor en la sala porque no le gustaba estar solo. «Karlina, te pido disculpas porque te pediré que me ayudes a limpiar los uri-na-rios de ca-ma, para no ir al baño por las no-ches, usamos los urinarios…vamos, lo siento mucho», me dijo Yaya, con más vergüenza que otra cosa. Me fui a la habitación, y yo, jamás experimentada en tender una cama sino en lo contrario, no hallaba como empezar. Estoy segura de que la cama no quedó bien, y en cuanto a los urinarios, fue la representación de los trabajos migratorios que nadie quiere hacer; sin embargo, esta vez mas allá de mi ego, me llamó la atención la vergüenza de Yaya. Nunca noté que estos trabajos son incómodos para el que lo hace, pero también para el que los recibe.

         Eso lo pensaba mientras veía al señor sentado en la sala, ciego, queriendo ser amable, «disculpa yo no hablo mucho y también me siento un poco mal, si quieres tomar algo… una cerveza o vino… sírvete» mirando de nuevo a un lugar donde no estaba yo. «No se preocupe, yo estoy tomando Coca-Cola» por un rato lo contemplé, era un hombre que alguna vez tuvo poder. El machismo, sin duda, estaba presente en la forma en como es tratado. «El señor se sienta aquí», «hay que esperar al señor para cenar», «mi mamá aguantó mucho de él». Elena me comentó que fue un hombre de negocios, siendo judío asumo que muy próspero, que fue un negocio familiar de dos generaciones. Quizás por eso su bata es de seda, quizás por eso su vino es un buen vino. Cruza las piernas mirando hacia la nada, en su casa con piscina que ya no puede mirar, cuidado por muchos. Ahí estaba el señor Drácula, derrotado por el tiempo, de vuelta a la oscuridad.

          Al retorno, Yaya estaba entusiasmada, decidió hacer una receta que nunca había hecho. Apasionada de la cocina, intentaba ganarle a su malestar y vivir en el debut de una receta nueva a sus 85 años. La receta nueva era un «quiche» (algo parecido a una tortilla, pero con más ingredientes y al horno). Mientras Elena se iba hablar con su papá al cuarto, Yaya en la cocina me contaba de su enfermedad. Se tocaba su cabello; un cabello liso, hermoso, gris y unas manos largas y delgadas. «¿Ves? yo me to-co a-a-quí y sé que es mi cabe-io por-que sé que mi ca-be-io queda ahí, pero no lo siento. Da lo mismo el ca-be-io que la mesa, o un pa-nio, y a veces me entra ardor ho-rible…y bueno tengo dolor siempre. Trato de no pen-sar en dolor, pero es hori- ble. Pero bueno; así es esto, vamos a pre-pa-rar una receta».

           Yaya, lidiaba con todas sus limitaciones mientras acercaba su libro de recetas. Con su pequeño pie danzaba torpemente sobre la cocina agarrando las cosas que yo atajaba para que no terminaran en el suelo. Llegó Elena de apoyo, mientras Yaya nos dirigía con gracia. Aprendí a hacer pollo, tortilla, y maniobrar una silla de ruedas. Yaya se reía: «tienes una ca-ri-ta muy pí-ca-ra», me decía, y volvíamos a la receta. Fue un momento divertido, parodiamos con que el «quiche» era un cuento que no sabíamos como terminaría, pero había buenos personajes y buenos obstáculos.

          En medio de la comida; llena de expectativas por nuestra receta que no solo fue divertida, sino novedosa, Elena sacó fotos de cuando Yaya no estaba en sillas de ruedas y se veía saludable con sus nietas. Pero, esa imagen no supera al retrato que un amigo le hizo cuando era joven, un retrato pegado en la pared de su sala. Ahí Yaya es una hermosa mujer delgada, femenina y norteamericana, posando repleta de juventud. Quizás en ese cuadro resalta mucho mejor quién es Yaya y cuan viva está a pesar de su edad y sus embates… esa garra que la verdad yo no creo tener. Es una garra por la vida, que siempre he visto en mi mamá. Yaya es mi mamá, porque todas las mujeres que admiro tienen algo de mi mamá. Recuerdo una vez que fue operada y tuvo que caminar en Andadera; la sola idea la espantaba, la dejó más rápido de lo que los médicos nos habían dicho que le dejaría. Los médicos asombrados no contaban con su soberbia y, al mismo tiempo, su tenacidad. «¿Qué pasa Magaly? Tú puedes, tú puedes sola», se decía confrontando la andadera, y daba pasos con precisión. Así cada día hasta que mi mamá soltó la andadera y pudo caminar de forma natural.

          Cuando terminamos de almorzar, homenajeadas por el buen «quiche», el primero en irse fue el señor. Nos quedamos en la mesa Yaya, Elena y yo. En el comedor estaban unos muñequitos, no eran simples muñequitos; eran pequeños muñequitos de una de su escritoras favorita, Beatrix Potter, creadora de 23 libros infantiles que también ilustraba. Conversamos en torno a ella, se decía que cuando se casó dejó de escribir; Yaya argumentaba que, si había sido así «quizás es que tenía un vacío que solo el matrimonio llenó» su hija y yo coincidimos en que «quizás seguía escribiendo, pero el matrimonio como institución machista y más para la época no la dejó seguir floreciendo». Aunque en realidad, luego de investigar, lo que ocurrió es que perdió la visión. En la mesa a parte de invitar a Beatrix Potter, también invitamos a Gabriel Garcia Marquez y su realismo mágico, mientras nos preguntábamos desde dónde nace y por qué la inspiración de cada creador.

          Mientras la tarde venía bien, «Yaya» me dijo «Karlina te voy a pe-dir que me lleves al baño, al de allá, que pue-do más» efectivamente la llevé, la conversación seguía en nuestras bocas, mientras ambas sabíamos que íbamos al momento más incómodo de todo esto. Ella abrió la puerta, yo mirando entre pared y pared y con esfuerzo buscaba meterla con la silla de ruedas. Quedó la silla de ruedas justo enfrente de la poceta, ella en un esfuerzo se alzó sola. «Yo pue-do sola bonita, yo puedo sola» repetía. Llegó a la poceta, yo le bajé los pantalones y ella se volteó titánicamente hasta caer en la poceta y orinar. «Ya ves tú, es-to es como te-ner dos a-nios de nue-vo».

        Había dos vergüenzas en el baño, pero Beatriz Potter y Gabriel García Márquez nos salvaban. Mi vergüenza de bajarle el pantalón y estar en un espacio tan íntimo y la de ella por tener que permitirlo. «Tanto título para terminar bajándole el pantalón a una señora» es la frase que quizás acompaña la mía, y quizás la de ella, sería: «Tanto título, libros publicados, dinero y casa; para que una extraña termine, irremediablemente, bajándome el pantalón, porque no puedo ir sola al baño». A ninguna de las dos nos gusta, ambas sabemos desde su longevidad y mi adultez que no nacimos para hacer esto, pero la vida nos puso a las dos en esta situación; ella tiene que pagar por un poco de piedad, yo tengo que ser piadosa por dinero.

          «Yo de lo de-más pu-e-do so-la bonita, de ver-dad pu-e-do sola». Me salí del baño. «Estoy fuera por si me necesita»-dije con cautela, «tran-quila no hay pro-blema bonita yo pu-e-do, de ver-dad yo pu-e-do». Igual no me alejé, me mantuve muy cerca de la puerta, escuchaba un susurro en inglés, tal vez le rezaba a su D-os judío para que le diera más fuerza y no atravesar más escarnio, quizás decía como mi mamá con la andadera: «Vamos Yaya, tú puedes sola, ¿qué pasa pues? Tú puedes sola», y así fue, pudo salir sola del baño.

          La tarde continuó siendo amable, tomaron la siesta, luego de la siesta Yaya y su esposo se pusieron a escuchar tango y me dijo que, si quería leer o hacer otra cosa que con gusto podía, que ellos estaban bien. El domingo era un domingo tranquilo con dos señores de avanzada edad disfrutando de un tango. El señor siempre que está, está con ella, no le gusta estar solo. La muerte casi lo muerde la última vez y teme que venga y lo muerda sin sus hijos, sin alguien, pero sobre todo sin su Yaya. Se van al sofá y ella pone la música y se quedan horas disfrutando del tango. El malestar del señor termina por vencerlo y se va a la cama. Yaya va moviendo la silla de ruedas con el pie que puede mover hasta llegar a su ordenador, porque a pesar de que no siente las manos siente la inspiración y sigue escribiendo.

          En la noche se acostaron temprano y me dijeron que ya no necesitaban de mí, que cualquier cosa sonaban el aparato, pero igual no pude dormir, sin pastillas es imposible. Me desperté muy temprano y dejé el desayuno listo, cuando llegó mi relevo aun dormían, quedamos en que, para el próximo fin de semana, yo le compartiría mis poemas y ella sus cuentos y que me enseñaría a hablar ingles

       Yaya y yo nos caímos bien, sabemos sin decirlo que la literatura nos salva, y que el monstruo; el de ella y el mío, está en el baño, solo en el baño. Pero siempre hay un escritor o dos que nos puedan ayudar con la vergüenza, con ese instante involuntario que no dignifica pero que ocurre. Con la vulnerabilidad que ninguna de las dos pidió, que no importa quien suba o baje el pantalón, que a veces incluso no importa si no se sienten los dedos o si eres invisible en un país, si la vida te pone de vuelta a los dos años para ir al baño toca insistir con garra para que ese niño también se inspire; haga recetas nuevas y escriba cuentos, o crónicas, o poemas, porque si ese niño sigue vivo, es probable que Yaya y yo también lo estemos, a pesar de todo…

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Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Agradecida nuevamente de leerte es exquisito saber de tu vida de esta forma .
Nathalia ha dicho que…
Love it. Los monstruos a veces se hacen más pequeños cuando el arte nos acompaña.
Greymar Hernández ha dicho que…
¡Bien! Sigues estando y siendo.