UNA PUERTA QUE SE ABRE


"Jehová prometió a Abraham y a Sara que por medio de Isaac su familia crecería para bendecir a toda la tierra; pero un día Jehová le dijo a Abraham que llevara a Isaac al monte Moriah y  lo ofreciera como sacrificio. Siendo que Dios lo mandó, Abraham le pidió a Isaac que se acostara sobre el altar, entonces un ángel lo detuvo. Abraham mostró su fe en Jehová. Abraham supo que siempre seguiría a Jehová. Isaac confió en Abraham al igual que el Salvador, Jesucristo, confió en su padre. Abraham mostró su fe en Jehová. Abraham supo que siempre seguiría a Jehová".


Karlina, tú tienes dos hermanos.

Claro, Dana.  Juan Carlos y Karla, boba. 

No, otros… otros más chiquitos, prima. 

Dana, deja de decir bobadas. 

¡Claro que sí!¡Es cierto lo que te digo! 


Corro hacia donde mi mamá, le muevo la falda y le digo:


—¡Mamá, mamá!, Dana está diciendo que yo tengo otros hermanitos a parte de Juan Carlos y Karla, y que son más pequeños que yo. 


Mi mamá y mi hermano mayor se miraron, mis tías (hermanas de mi mamá) también. Estábamos en la funeraria, velábamos a mi papá que había muerto en un accidente de carro (coche) y yo tenía diez años. Así descubrimos que mi padre guardaba, digamos no secretos, sino una familia entera; para ser exactos: una niña de un año  y un niño de tres (y por supuesto la madre de dichas criaturas). 


La urna de mi papá era una frontera. De un lado, su familia, que nunca quiso del todo a mi mamá: demasiado culta, demasiado blanca, demasiado algo. No hubo consuelo para ella. Del otro lado de la urna,  la familia de mi mamá: mis tías, mi abuela… y en un tercer sector la amante que era la madre de estos dos niños y otra amante muy elegante que parecía la viuda. Como verán, mi papá tenía de fiel lo que yo tengo de heterosexual. 


Después de que mi indiscreta prima me dijera de la existencia de esos niños, en mi casa había doble o triple sufrimiento para mi mamá. De repente en su viudez tuvo que armar el rompecabezas para entender desde cuándo mi papá hacía lo que hacía, mientras buscaba forma de salir de las deudas, cuidar a sus tres hijos y lidiar con su propio dolor. 


Luego de todo el tsunami que significó el fallecimiento de mi papá, más nunca supimos de ellos. Sabíamos su edad, sus nombres y que representaban la materialización de un engaño de nivel inmortal. 


Hace dos años, mi legítimo hermano me escribió desde Acarigua (donde vive con mi sobrino Carlos Eduardo) y me dijo que Andreína, la hija de mi papá, (no puedo llamarla hermana) vivía en Madrid y le gustaría conocerme. Acepté por curiosidad. Nos citamos en Chueca. El encuentro fue amable, pero incómodo. Sus recuerdos de este lado de la sangre son más bien evidencias. Ella quería saber de nuestro padre en común, no lo conoció… apenas tenía un año cuando murió. Todas las conversaciones conducían a esquinas incómodas. 


Algo de mí sentía un rechazo interiorizado, y no porque mi mamá me hablara mal de ellos, jamás lo hizo; de hecho más de una vez nos dijo que si queríamos conocerlos que lo hicieramos, que ni ellos ni nosotros teníamos la culpa de nada. Eso es cierto, pero los niños no hablan el idioma de lo concreto. Algo en el ambiente de esos días nos inóculo rechazo, algo de mi cuerpo registró que había dos bandos y que ellos eran el enemigo. Cuando la conocí, ese rechazo estaba vivo. Intentaba ser amable, pero algo me hacía sentir culpable; así que decidí dejar de luchar y no volví a verme con ella.


Hasta un año después… cuando miré en su estado de whatsapp que estaba embarazada y su embarazo coincidió con que mi instinto maternal se venía despertando. Le escribí de nuevo. Le sorprendió y me sorprendió escribirle. 


Isaac nació el 17 de diciembre, pero estuvo hospitalizado por una complicación. Lo conocí después de Navidad. Esta vez Andreína y yo conversamos más y reímos de nuestro controversial  padre en común. Le dije a mi hermana Karla que iría a verla; como buscando su aprobación, y madura y madre, mi hermana le mandó saludos enviando su sincero  deseo de que su bebé estuviese bien. 


Eres buena con los niños… lo cargas y deja de llorar. 

Sí, me gustan.

¿No quieres tener hijos?

No creo que siendo epiléptica sea bueno tener hijos, pero admito que coqueteo con la posibilidad. 

Pero se te dan muy bien. ¡Ajá, Isaac! Tu tía te sabe cuidar.


En ese momento entendí a mi ex y su homofobia interiorizada, porque a algo de mí le resonó el “tu tía” mientras lo arrullaba con toda la ternura que tengo para dar; como cuando mi ex decía “no soy gay” mientras me abrazaba y salía corriendo si algo malo me  pasaba. Ella ejercía el amor hasta que yo le ponía el nombre. Abrazar a Isaac me provocó una serendipia.  No andaba buscando entender la homofobia interiorizada y terminé sintiendo lo mismo, porque cuando ella dijo “tu tía” ese nefasto rechazo apareció haciéndome sentir  que estaba  traicionando al otro lado de mi sangre. 


Pero como yo a mis demonios, estupideces y defectos los miro de frente y discuto con ellos, insistí en mantener contacto porque me gustó estar cerca de Andreína e Isaac. Le escribí un mes después y me respondió con una mala noticia: estaba en emergencias, a Isaac le dio meningitis y  convulsionó muchas veces. 


Fui ese mismo día en la noche. La meningitis es un depredador muy peligroso del cerebro. Andreína es enfermera y madre primeriza; su esposo es un hombre activo y amoroso. Ambos con ojeras me contaron la odisea de volver al hospital y tener al niño ahí entre la vida y la muerte.


Días después, un tratamiento logró detener  las convulsiones. Andreína tenía mucho miedo. Me lo contaba en el café. 


Yo convulsioné muchas, muchas veces, Andreína… y mira, aquí estoy: loca pero en Madrid. 

¿En serio? 

Sí, soy epiléptica y de niña las crisis eran feroces, me la pasaba de hospital en hospital, ¡mi pobre madrecita!, le salí epiléptica, artista y lesbiana. 


Me lo preguntó como buscando esperanza y terminó riéndose a carcajadas. Comencé a ir varias veces a tomarme un café con ella porque, como si  fuera poco tener a tu hijo en la UCI, al esposo se le murió el papá en Venezuela y tuvo que irse a llorar y velar a su papá del otro lado del planeta.


De café en café, Andreína manifestaba su miedo. Era probable que el niño quedará en malas condiciones, que perdiera facultades definitivas, fueron convulsiones seguidas, de larga duración y  meningitis. La muerte y deforestación cerebral estaban muy cerca.


El 14 de Febrero, es decir hace días, fue sacado de la UCI y llevado a hospitalización,  pude verlo por segunda vez. Me senté con dos chocolates y un Red Bull a hablar con Andreína y cargar a Isaac; bello, gordo y despierto. 


¿Puedes creer que todo ha salido bien?, sano. La resonancia bien, todo bien. 

Es de los míos ese chiquitín. 

Te voy a decir algo y me vas a llamar loca… 

Dale, dime, que ya loca quedaste después de este susto.

Estando en la UCI, una noche abrieron la puerta y yo soy super cobarde y no vi quién entró; pero quien entró dejó la puerta abierta y a esa hora no se pasa revista ni nada.

Ajá…

Cuando volteé a ver al niño, donde él tiene la lesión que es aquí… en la región occipital… tenía eso caliente y, justo al día siguiente, cuando le hicieron los exámenes fue cuando me dijeron que no había daño… 


—¿Te cuento algo ahora, y no me dices loca?

Vale… 

Cuando yo tenía como 4 años, o algo así, convulsioné tanto que me hospitalizaron. Cuando desperté en la mañana, le dije a mi mamá que ya me había curado porque un médico me había venido a visitar en la noche y me había dicho que me curaría. Cuando me preguntó quién era ese médico le dije que él me dijo que se llamaba José Gregorio, que él me lo había dicho y bueno… no me curó del todo, pero tan mal no quedé. 


Seguimos hablando. Cargué a Isaac, me miraba con sus ojos despiertos. Le corté las uñas. Aunque ella decía que no se dejaba cortar las uñas,  conmigo sí. Le hablé, le canté y lo felicité y le dije que yo sabía por lo que pasaba. Isaac fruncía el ceño, un ceño fruncido pero tierno.  Lo veo y me veo un poco. Los médicos le dicen que quizás el trastorno sea conductual: cambio en ánimo, dispersión, irritabilidad…  lo mismo que me ocurre a mí. Isaac es arisco, y claro, cómo no. Desde que nació, su pequeño cuerpecito no ha parado de ser invadido por agujas y exámenes, quizás por eso es que yo soy igual. 


No sé si después de una meningitis, más de diez convulsiones seguidas y un viaje extenso en el hospital, ése que entró y dejó la puerta abierta haya sido José Gregorio, un ángel, o la fe de una madre amorosa; pero es buena señal que haya dejado la puerta abierta, porque una puerta abierta siempre es buena señal. 


Yo sigo desmontando mi propio rechazo interiorizado que se me pasa cuando abrazo a Isaac o converso con Andreína; porque por la misma puerta que entró un milagro deben salir todos los prejuicios, así que pasé el día del amor y la amistad dándole biberón y cortándole las uñitas a mi sobrino Isaac, que no entregaremos en sacrificio, pero es probable que algo de milagro tenga su estado de salud.

Comentarios

Mirgen ha dicho que…
Me encantó Karlina!
Iba leyendo y me iba imaginando la escena, y el punto culminante de la noche en el hospital, me impactó. Los milagros existen y la fe mueve montañas.
Saludos y bendiciones para tu sobrino Issac y,…, para tu hermana Andreina.
Un abrazo
Luza ha dicho que…
Lloro emocionada, tanta sinceridad, claridad y sensibilidad hacen llorar... amo cada letra de este texto y lo que significa..

Luza
Ingrid Gómez ha dicho que…
Que bueno es no tener que contar los gotarrones d e lagrimas qué me ha sacado esta historia. Magnífica, bien escrita y hecha a pulso por esta amigaza de la vida. Espero que la vida te deje disfrutar mucho mucho a Isaac y tu hermana, por ahora, Andreina.

Abrazote.
Ingrid

Karla ha dicho que…
La familia es más que la sangre que podamos tener en común. La familia se construye en el día a día y celebro qué a pesar de todo te hayas permitido abrir la puerta y construir familia con tu hermana paterna y tu sobrino.

Me encanta cómo escribes, cómo te abres a compartir esto con el mundo. Gracias por recordarme que uno tiene el poder de escribir o reescribir su vida y afectos e en tiempo presente.

Disfruta de tu sobrino y hermana, de tu vida en Madrid y de ser tan auténtica como sos.

Saludos
Ka

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