ESTACIÓN CAMARERA (Karlina Fernández)


«Rompí el vidrio en caso de emergencia y salió no el extintor, sino la bandeja, y encontré el trabajo de mi no sueños»

A simple vista un restaurante es un lugar para comer; entras, te sientas y en la mesa te espera un matrimonio de cubiertos (cuchillo y tenedor), un portavaso y la carta que te la ofrece una camarera. A simple vista, el restaurante es un lugar donde festejar la comida y ejercer el verbo hablar; eso es así si la cámara apunta al comensal, pero si la cámara apunta a la camarera… encontraremos mucho más que un sitio para comer. Sí, tocó: soy camarera.

 Comencé a buscar trabajo en las telarañas de las redes de internet, en esos portales que te piden que te «suscribas» una y otra vez y luego te aparecen ofertas como diseñadas para ti y al darle a «postularte» te aparece la frase típica para que pagues por buscar trabajo: «Pásate a premium». Esa frase es un muro, un muro transparente que te hace ver según sus páginas todos los trabajos maravillosos que te pierdes por no irte al «país premiun». ¡Vaya mierda!

Entonces; en vista del tiempo, de la necesidad de ahorrar, de las ayudas que pueden estar hoy y mañana no, dí el paso. Rompí el vidrio en caso de emergencia y salió no el extintor, sino la bandeja, y encontré el trabajo de mi «no sueños», el trabajo- terror del emigrante con título, el trabajo-humildad obligatoria y me entregué. 

VIS A VIS VERSIÓN CAMARERA

Comencé a trabajar en un restaurante franquicia, el de las mejores costillas del mundo, como reza el slogan. El primer día como en el primer capítulo de Vis a vis o de Orange In The New Black me entregaron el uniforme: una camisa manga larga negra y bonita talla M pero que era bastante grande y un delantal negro que me llegaba más allá de mis rodillas y el sentido común. Yo con 1.53 de altura me sentía Tontín, el último enano torpe de Blanca Nieves.

La torpeza si la puse yo, no ha sido parte del local. Mi gerente es una colombiana tan amable como su país natal. Empezó a entrenarme, a dibujarme las mesas que ya no son tan básicas. Las mesas tienen números, el restaurante ya no es un simple restaurante donde te sientas a comer… ahora el restaurante tiene dos cuadrantes, y cada camarera experta orquesta el servicio en cada cuadrante. Está la barra ¡Oh, la barra! Si tienes más de dos manos estás calificada para atenderla. Y por último (y no menos estresante) la cocina donde reposan las comandas en la «línea», es decir, el estante donde están los platos ya listos para entregar a los comensales (que no sé por qué en este restaurante los llaman huéspedes, sería el colmo que también durmieran ahí).

Esa línea también es una frontera entre el país de los cocineros dominicanos y el mundo de las camareras. La salsa erótica ese es el playlist diario: «Devórame otra vez, ven devórame otra vez, ven castígame con tus deseos más» (Eddie Santiago) mientras el cocinero grita: «Llévate esta comanda, a la mesa 4» 

El jefe de cocina es un atractivo dominicano, alto, barbudo, con buen cuerpo y ojos claros. Él sabe que es bello, que es alfa. Se sienta y habla desde la postura de quien se siente el presidente de la república de las costillas, las ensaladas, los cubiertos, dueño y señor de las fantasías sexuales de las camareras heterosexuales. Seguro de lo que hace, seguro de sí. Inmigrante curado.

El otro que le sigue al mando es moreno, dominicano igual, este es menos atractivo, pero igual de sobrao’.  No mira a los ojos, ¡¿para qué?! Hay que mirar los platos. Le estorba mucho mi torpeza: «¿De dónde tú eres nena?» —de Venezuela— le respondo, y traga, respira, empatiza: «Amor, mira ve, era pa’ la mesa 4 ¿tú entiende?, tenías que ponele Balbacoa»; mientras la salsa erótica sigue de soundtrack y yo me juego el peso de los platos, le doy con el pie a la puerta corrediza y salgo del ambiente modo: «Amiga, déjame decirte todo lo que siento, que ya no puedo más vivir con este amor secreto… soñando con el roce de tu piel, amor» (Eddie Santiago).

Hay un asistente de cocina que se llama Lázaro y yo no puedo evitar cada vez que lo llaman decir mentalmente que se levante y ande, «Lázaro, levántate y anda, anda hacer el postre de la mesa 11» mientras la sirena ensordecedora anuncia que hay más platos por hacer y que, hasta que no tomen el papelito no deja de sonar ¡Alguien que lo haga, piedad!

La amabilidad se administra muy bien, entrenar es el mayor reto cuando el restaurante está lleno de huéspedes. Cada torpeza inicial resta tiempo, hace que todo colapse y yo soy el punto de mira. La responsable de que todo el personal respire hondo.

Cuando no está lleno  la gerente se toma el tiempo de entrenarme, de decirme cómo se ponen los cubiertos, cómo van las mesas, cómo se recibe al público— perdón, a los huéspedes—dónde reposan las ofertas en la carta; qué ofrecer, cuáles son los platos estrellas, cómo ser la equilibrista de la bandeja cuando hay mucho peso, cómo cargar tres platos, cuándo ofrecer postre, qué tipo de postre; cómo se sirve vino, cuándo se retiran los platos, cómo cobrar con el datafono (punto de venta) cómo atender en barra, cómo servir cuatro Coca -Colas Zero y dos Heineken doble más rápido; cómo usar las dos manos de forma más óptima, qué decirle a Glovo y Uber; dónde están las reservas, cómo se limpian los cubiertos, dónde se ponen, cómo se ponen, cómo se marcan las comandas; cuándo poner los entrantes, el plato principal, cuál hamburguesa es poco hecha, qué costillar tiene que salsa. ¿Se cansaron?

«Viven en el   ritual de atender, preparar, cocinar, servir, cobrar, limpiar; es una pequeña tribu con sus normas silenciosas, sus reglas, sus concesiones…»

EQUIPO DE TRABAJO

Carolina es Camarera, es mi amiga, ella dio mi currículo. En Venezuela yo era el proveedor de talentos y ella trabajaba para una pequeña agencia de publicidad que me subcontrataba para llevarle promotoras (azafatas) artistas, creación de performance y de más talentos; el último trabajo que hicimos juntas fue una gira con Maizoritos, una importante marca de cereal infantil en Venezuela. Esta gira fue en todos los campamentos de las zonas más adineradas de Caracas, coincidíamos en el transporte de traslado, ella coordinaba la ruta y verificaba que mi equipo tuviese todo lo necesario. Carolina tiene 6 años en Madrid, los mismos que tiene trabajando en hostelería. Ahora coincidimos en la barra, en limpiar la mesa y colocar los cubiertos, y mientras pasamos la bayeta (el trapo) de vez en cuando, como un mantra, decimos: ¡Maduro, coño e’ tu madre!

Elsa, aunque bastante despierta y diligente, me odia desde que dije mi nombre, es la que tiene toda la intención de humillarte, pesca mis errores y los grita, me pone trampas en las instrucciones. Elsa es joven, pero es fea, digamos que su cintura habría que buscarla en google porque en su cuerpo no hay rastro. Tiene esas piernas engañosas que parece que son flacas pero toman una dimensión desproporcionada al llegar a los muslos; su cadera se confunde con su   abdomen que también nos engaña, ¿es gorda? o ¿es fea? Lo cierto es que es de Perú. Tiene el cabello largo y negro, un rostro que no conoce de cremas hidratantes y se maquilla los ojos con un delineador negro que se extiende hasta más allá de sus ojos dibujando una pequeña punta… esa punta que te dice que la clase y el buen gusto no saben quién es Elsa. Elsa es ágil como una zorrilla, ave de carroña, muy amiga de Kat, la Gerente.

Kat, la gerente, es joven, alta, blanca; su cabello negro es hermoso, pero está siempre bajo libertad condicional porque se hace una cola casi siempre. Tiene una voz conciliadora, una paciencia a base de jóvenes inexpertos en hostelería, está embarazada. Todos la quieren, es hábil, comprensiva, líder y muy amiga de Elsa...

Marcos es el Gerente de más alto rango, jefe de todos.  Alto y delgado, un poco descuidado al peinarse. Concreto, paciente, flexible con los horarios. Marcos y Kat gerencian de forma diferente; Kat Gerencia desde la maternidad, desde la colaboración, así que cuando algún cuadrante colapsa todos deberíamos ayudar y como madre quiere que todos sus hijos le presten atención.  Marcos, en cambio, define los cuadrantes y pide que ninguno se salga de ahí, porque todo se vuelve un caos. Cada quien a lo suyo y que aprendan a lidiar con el estrés. Dice que hay suficiente personal para no colapsar al punto de tener clientes molestos o tardanza excesiva y a veces es cierto.  No tiene hijos, tiene empleados y los respeta. 

Todos pasan mucho tiempo en el restaurante, los escucho hablar, reírse, comer y después de su turno;
 sentarse en la barra pedir una cerveza y seguir hablando.  El restaurante se vuelve una casa, un piso, una familia de 40 horas semanales, ¿cómo no serlo? si casi todos pasan más tiempo ahí que en cualquier otro lado. Viven en el   ritual de atender, preparar, cocinar, servir, cobrar, limpiar; es una pequeña tribu con sus normas silenciosas, sus reglas, sus concesiones… tribu donde por ahora sigo siendo forastero, la reclusa nueva, el cachorro nuevo del salvaje mundo de la hostelería. 

«La aventura es que no puedes apoyar bajo ningún concepto, bajo ninguna circunstancia, la bandeja. Ni en la mesa, ni en la silla. La debes apoyar en tu equilibrio, en tu fuerza, en tus ganas de no morir ni matar a nadie»

RITUAL DIARIO 
A ojos del huésped, la música es anglosajona, con un volumen moderado que te acompaña mientras conversas, o   un partido de fútbol puesto en las pantallas mientras bebes tu cerveza, pero al tocar la puerta corrediza hacia la cocina vuelve: «He mojado mis sábanas blancas recordándote. En mi cama nadie es como tú, no he podido encontrar la mujer» (Eddie Santiago) mientras los platos y vasos tienen su propio concierto, la cocina fuma y fuma humo de costillas y todos bailamos en el rigor del estrés.

Todo empieza en la mesa, le colocamos la carta y con una tablet anotamos lo que pidan, el sistema de la tablet está hecho para que no pienses, solo anotes; porque el sistema sabe que no hay tiempo que perder, sin embargo, la variedad me agobia. Leer hasta encontrar la Heineken doble, la Empire Burguer, la ensalada, o el solomillo, hace que colapse en silencio. Generalmente el cliente sabe lo que quiere, cuando me preguntan rincones distintos a lo común, hago uso de mi sonrisa y de mi sentido del humor: «Les voy a pedir piedad, soy nueva y todavía no voy por ahí» y me devuelven con una ligera carcajada: «Tranquila, no pasa nada» y viene una de mis compañeras en mi auxilio. Después de «ticado» el servicio, el segundo paso es irte a barra, ahí están las bandejas y las comandas de bebidas que el que está encargado de la barra te las sirve y tú las llevas. Todavía tengo Parkinson manejando la bandeja, los huéspedes me miran con temor a morir, con ganas de ayudarme por puro instinto de supervivencia. La aventura es que no puedes apoyar bajo ningún concepto, bajo ninguna circunstancia, la bandeja. Ni en la mesa, ni en la silla. La debes apoyar en tu equilibrio, en tu fuerza, en tus ganas de no morir ni matar a nadie. No es sencillo, lo juro. 

Ese viaje con bandeja tiene una ida y una vuelta, «siempre a manos llenas» reza el entrenamiento.  Llevas vasos, recoges vasos, luego vas a la cocina y vuelve: «Siempre seré, la ternura que despierta pasión sin llegar a ser jamás la ilusión. Ese amor fascinante que te enamoró. Siempre seré» (Tito Rojas) pasas a la línea, si la comanda (el papelito donde sale el pedido y la mesa) está de tu lado quiere decir que ya puedes servirlo y llevártelo, Ah, ¡pero ya va! Hay platos que llevan salsas que no es la erótica que se escucha y que yo aún no me sé «¿Qué salsa llevan los nachos?» y el silencio de los reyes dominicanos me anuncia que ellos no me lo dirán porque no es su trabajo y aun así ya me lo han dicho varias veces tanto ellos como mis compañeras de trabajo y mis gerentes, pero mi mente— que fija un texto de Chejov— no quiere fijar que los nachos llevan guacamole, salsa ranchera y pico de gallo. 

 Aparte de no memorizar las combinaciones de los platos tampoco vi venir que hay postres que se sirven calientes, se abre el telón y sube el telón y aparece una galleta Cookie repleta de sirope de chocolate y una bola de helado servida en una pequeña sartén y debajo de la sartén un platito. ¿Cómo se llama la obra?, respuesta: «El sartén quema» una quemadura pequeña entre mi pulgar y mi índice hizo que lo averiguara.

Aquí viene otro malabar, no con bandeja, con las manos y los platos (algunos calientes como la pequeña galleta y su pequeña sartén de los infiernos). Todavía no voy por el nivel donde llevo tres platos, ya con dos la vida me parece forzada. Mientras hago el equilibrio, halo con el pie la puerta corrediza que divide la salsa erótica del fútbol, bajo un escalón, pienso en la mesa… y a veces pasa que en medio del viaje se me olvida y quiero morir y me devuelvo a preguntar y todos quieren matarme; pero mi memoria penosa, no termina ahí, ¿cómo se llaman los platos? los entrego y los huéspedes me preguntan «¿cuál es el mío?» me provoca responder: «¿De verdad tengo que saberlo?, tú la pediste y qué carajo importa el nombre ¿Te vas a morir porque no sepas cuál es la  hamburguesa que no tiene pepinillo? o sea, ¿te acuestas con el hombre que tienes al lado, le revisas su pepinillo,  y no puedes revisarle su hamburguesa? Pero luego recuerdo que sí debo saberlo y me devuelvo de nuevo, a preguntar sin dignidad como se llama y cuál es la que no tiene pepinillo... por cierto, ¡Maduro, coño e’ tu madre! 

Cuando por fin entrego, viene la cuenta. Es fácil manejar el datáfono (el punto de venta) hasta que vienen 15 personas y unas quieren pagar con tarjeta, otras con efectivo y otras con cestaticket, y yo— que aún no me aprendo la tabla del 9 —espero con una sonrisa a que el cliente saque la cuenta y le pido a Dios que no se vayan antes de aterrizar en caja con una calculadora. Luego tienes que cerrar en la caja, ir a la mesa y limpiarla, poner los cubiertos y empezar de nuevo el circuito. Así toda la noche, 6 horas caminando en esa pequeña rutina de estrés. 

LA BARRA

La barra es otro circuito, están las distintas tablets, cada una es un servicio de  delivery distinto, (Uber, Glovo) está la caja, vecina del bote de propinas y de la máquina que tira los pedidos de bebidas; le sigue la cafetera, los grifos de cervezas y los de refresco, las cavas y el lavavasos. Entonces pasa que todos los delivery suenan y que, como en la cocina, el ruido no para hasta que aceptas el pedido. Tienes una orquesta ensordecedora de pedidos y en la barra la gente queriendo bebidas, pero no te puedes olvidar de ticar todo, de dar la cuenta, de servir cervezas de grifo o las que están en la cava, mientras cargas hielo en la máquina de hielo y vas y sirves tres Coca- Cola zero. Aceptas los pedidos y te vienen los mensajeros de Glovo, Uber, (mayormente venezolanos) te muestran su móvil para darte el código y llevarse la comida. Todo eso lo debes hacer tú y al mismo tiempo, mientras se te acumulan los vasos sucios ¡faltan cubiertos! y de fondo el comentarista del partido de fútbol que estén transmitiendo, acelerado como la dinámica, narrando un potencial gol o una caída, como mi propio juego: «Se prepara Karlina, corre, sirve dos cervezas… se llenan de espuma, bota la espuma, bota la cerveza. Se le acumulan las Coca- cola light, las normales, le piden un aquarius. Tiene que abrir una botella de vino, se tarda, se tarda, lo busca. Elsa grita desde la barra «¡Más rápido que esto esta petado! cuatro aguas minerales y tres dobles», sigue Karlina, recarga el hielo, se fue una señora sin pagar, recupera el aliento, vuelve.  Elsa insiste en gritar con premeditación y alevosía, Karlina insiste, pero es derribada por Elsa, Elsa le quita el grifo, Karlina lo vuelve a intentar, vuelve a fallar… se acerca al centro de la barra, la gerente la pita, la saca de la barra, ¡Goooooool de Elsa! 1-0 a favor de la mala intención.

Así, 6 horas, de pie, a tope, y cuando ya las mesas se van desocupando y ves los postres llenos de servilletas todo va más lento. Observo la cara de la gente, escucho sus risas, reconozco a los venezolanos por el acento y la propina,  nos miramos todos con complicidad, nos sonreímos en señal de diáspora, me dejan propina como si quisieran abrazarme y pagarme el alquiler  (lamentablemente la propina se comparte y yo aún no tengo acceso) voy recogiendo las mesas, trapeando el baño, buscando los cubiertos en la cocina, barro, vuelvo a limpiar todas las mesas y dejar el matrimonio de cubiertos. Apagan el fútbol, en la cocina le suben el volumen a la salsa: «O me voy o me quedo, me das todo o nada, o me odias o me amas, eso lo sabes tú, solo tú. O me voy me quedo, yo soy un adorno» (Tito Rojas) La sirena se duerme, los platos se friegan, la basura se recoge, todo se limpia, se inventarea. La gerente se enfrenta a su cuadre de caja… hasta que se termina la jornada. Pones la huella en señal de salida, porque así lo hiciste en la entrada. Y así voy y me cambio, me quito el vestuario de camarera y salgo en la madrugada a las calles Madrid. 

«De tanto ver comida me quedo sin hambre. Siete minutos, dice el anuncio para el próximo tren. Siete minutos, después de seis horas de pie, son cien años»

NUEVA NOCHE

Qué distinta se ve la noche cuando no sientes los pies ni la cadera. Qué distinta es la navidad sin familia ni pareja, que distinto miro yo a la gente que esta ebria de fiesta y yo de cansancio, turistas devorándose las calles mientras yo camino adolorida hasta la estación más cercana al metro. De tanto ver comida me quedo sin hambre. Siete minutos, dice el anuncio para el próximo tren. Siete minutos, después de seis horas de pie, son cien años. Llego a casa, tomo agua, agua, agua. Me miro al espejo cansada, me cepillo, me tomo la pastilla. Mi cuerpo está cansado. Mi cerebro es un puto cielo con fuegos artificiales… caigo, caigo en la cama y escucho el sonido de los platos, la risa de los huéspedes, la salsa erótica, la voz de todos, todos los sonidos del mundo estallan en mi mente.

Me imagino abriendo la puerta de casa de mi mamá, la miro, la abrazo; sale del cuarto mi hermana, me abraza también, cargo a mi sobrina. Vuelvo a mirar el techo. Las piernas me duelen, la cadera me duele. Extraño a mi ex novia, imagino su cuerpo desnudo abrazando el mío, ¿seguirá pidiendo deseos cuando se le cae una pestaña? las lágrimas salen sin pedirme permiso. Vuelvo abrir la puerta de casa mi mamá, vuelvo abrazarla, me quedo ahí, con mi mamá en el pecho, lloro. Escucho los platos de nuevo, maúlla el gato de Natalia, me duele la espalda, la nacionalidad, los títulos, las ausencias.

Intento dormir, pero no puedo. Vuelvo a mi ex novia, su calor, el sonido de sus carcajadas. Se desvanece.  Voy al aeropuerto de Barajas, lloro en el encuentro entre los brazos de los míos. Vuelven los platos, la vajilla, la salsa erótica, me duele el pecho, las piernas, la espalda, la cadera. El lorazepan discute con mi cerebro, batallan, siento un leve desvanecimiento; pero antes de que el lorazepan me borre, pienso que estos son los primeros capítulos y como Vis a Vis o como Orange in The New Black las reclusas nuevas los primeros días no duermen, y como un mantra… y para no perder la costumbre, exclamo antes de dormir: «¡Maduro, Coño e’ tu madre!».

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Karlina, todas ellas...

Comentarios

Maikelyn ha dicho que…
Muy buena! Me sentí identificada con cada descripción.
Génesis ha dicho que…
Ay Karli la amé! Suelo leer tus textos en voz alta, en esta oportunidad lo hice acompañada Y no sabes cuánto lo disfrutamos, nos reímos , emocionamos e identificados. Gracias �� ��
Karlina Fernandez Martinez ha dicho que…
Gracias Maikelyn que bueno que te hayas sentido parte de la vivencia, y gracias Génesis y compañia por siempre leerme un abrazote
Anónimo ha dicho que…
Me encantó la verdad
Unknown ha dicho que…
Coño Karlina... me has hecho reír y vivir el relato... tenemos que brindar por las oportunidades y gritar a viva voz "Maduro, coño e´tu madre! yo también llevo esa frase bien presente todos los días... estoy en Madrid... espero verte pronto chica... Muaaaakkkkk!
Karlina Fernandez Martinez ha dicho que…
Gracias "Anonimo" pero si te pones anonimo como se quien eres para vernos, ya que estas en madrid Chicaaa jajajaja un abrazo y gracias por leerme espero me contactes :)
Unknown ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Flora ha dicho que…
Gracias...
OSCALDE ha dicho que…
Muy bueno!!! Y que pasó con esa Elsa? Nunca dejó de molestarte.

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