10 MESES Y UN ADIÓS

Intuición





La ansiedad se aloja en el pecho; es como una presión que se anida constantemente en el plexo solar. Es la advertencia o el síntoma de la angustia y era precisamente esa presión la que me decía que pasaba el tiempo y yo seguía en el sofá, que pasaba el tiempo y no tenía trabajo, que pasaba el tiempo y yo pendía de todos los hilos que no podía controlar ¿Qué hago diferente para que pasen cosas diferentes? Estoy convencida de que el proceso migratorio te desarrolla aun más la intuición, esa intuición me decía que había que moverse más o moverse en otras direcciones, distintas a las de hasta ahora. 
Siguiendo los consejos de una amiga que conocí en la Fundación La Merced que me recomendó una página (Mil Anuncios) para postularme, me postulé como camarera a ver qué pasaba y efectivamente comenzaron a llamarme. La página no solo atrae demandantes y oferentes de trabajos, sino hombres depredadores y mujeres proxenetas. Me daba tanta rabia escuchar: «Eres venezolana, yo puedo ayudarte con los papeles. Si quieres vienes a mi casa»…como anzuelo para que la vida te cambie por completo y seas víctima de una violación o peor aún, de una prostitución inducida y obligatoria. Yo podía oler al depredador y bloquear, sin embargo me puse a pensar que das un paso en falso y te pueden destruir la vida. Yo solo atendía llamadas de mujeres con direcciones de locales en horarios que estuvieran abiertos y al llegar daba mi dirección a otras amigas para cuidarme, pero admito que me molesta. Me indigna seguir teniendo miedo a una violación. 

Entre la caza y la pesca apareció una buena oferta, era un bar de cervezas artesanales, aliados de los jugadores de rugby. Cuando llegué me atendió una mujer alta, elegante, amable, hermosa y de unos cincuenta años. La entrevista fue fluida, confesó que lo que la hizo llamarme fue «mi bonita sonrisa» y mi experiencia en cervezas artesanales. 

«El whisky nunca va con limón» 

Más que camarera fui bartender. El local era hermoso pero pequeño, y por ser de cerveza artesanal el público era exclusivo y los precios no tan baratos. Mi jefa era amable frente a mis torpezas; había un montón de licores nuevos para mí, un montón de actividades y detalles que se esconden detrás de una barra. Un mundo de cavas, copas, vasos y la estratégica forma de ponerlos para combatir la lentitud cuando los clientes se acumulan. De todo el trajín, quizás el mayor sacrilegio etílico es que no sabiendo que lo que servía era whisky, pregunté al cliente si quería limón. «No… jamás, el whisky jamás con limón», exclamó el cliente como si a un cristiano le hubiese profanado la cruz de Cristo. De resto, la caja, los proveedores y la forma de servir cerveza artesanal con grifo se me daba bien. Mi jefa tenía esa imagen de mujer calmada que jamás quieres ver molesta porque podría salir el demonio que su amabilidad, siempre presente, no te deja mirar. 

El local no se llenaba del todo, pero en tres días aprendí a servir gin tonic, vino, vodka, tequila, refresco, cerveza, aperitivos, manejar una caja y torear a los hombres optimistas que pretendían mi número telefónico. Mi jefa parecía una mujer muy sola, parecía no tener más vida que su local, era hermosa, solitaria, elegante; pero peligrosamente amable, muy amable, y las personas que son siempre amables nunca puedes saber cuando están molestas o alegres. No puedes medir el feedback porque tienen ese hábito de pavorreal de decir lo que el otro quiere escuchar. 

Me gusto trabajar allí, aunque una laringitis me hacia toser tanto que varias veces mi jefa cisne, mi jefa pavorreal, me preguntó si estaba bien o si me quería retirar. Llegado el domingo me dijo las palabras de rigor: «No nos llames, nosotros te llamamos». Me quedé con la camisa y la incertidumbre, empecé a preguntarme que había hecho mal, ¿ponerle limón al whisky?, ¿no haber podido abrir bien el vino?, ¿no conocer todos los licores? O quizás es que la chica fija estaba ahí, no lo sé… lo cierto es que me quedé con la camisa, la duda y la experiencia. 

Seguían llegando entrevistas, seguía mi intuición dándome instrucciones de a cuáles ir y a cuáles no. El trabajo de bartender- camarera me había gustado, así que insistí en ese anuncio, pero no fue el anuncio el que me llevó al segundo trabajo sino una amiga que sabía que no tenía trabajo. El trabajo era un local en Chueca, de comida artesanal asiática y cerveza artesanal. Esta vez mi jefe era un hombre venezolano, él era el gerente; la dueña era una española que había viajado a Japón y allí había estudiado gastronomía. El hombre venezolano fue quien me recibió y me dio instrucciones, guapo, y amable por todos lados. Los cocineros eran unos filipinos uno bastante inmaduro y el otro más coherente y serio. 

El trabajo era para un solo día y en ese único día serví tragos, terminé algunos platos, me enfrenté al equilibrio de una bandeja, a los comensales de gusto exquisito, al lavavajillas y a las bolas de los helados que no me salían, (es que eso de las bolas no se me da) a la libretica y los pedidos, a entender el mal español de dos filipinos y a la buena noticia de que mi jefe era honesto, simpático y venezolano. 

¿Y la mudanza pa’ cuando? 

La tos continuó hasta que me envió a la lona, estuve un día en emergencia y tres días siendo nebulizada, entre el cigarro nocturno que trago de M&P y el invierno, hicieron lo suyo, pero la asfixia venia con otra noticia; «P» conversó conmigo, fue directo, me dijo que ya era hora de marcharme, que yo sabía que esta situación no se aguantaba, que tenía que irme. Le dije que la semana próxima me llamarían para darme la tarjeta roja y que ese día me iría. 

El 19 de diciembre era esa fecha, ese día me darían la tarjeta roja y me dirían si me asignaban una habitación, de no pasar, igual me tendría que ir de la casa de M&P. «P» tenía razón, había pasado mucho tiempo y aunque hemos tratado de ser lo más respetuosos, hasta donde se puede, ambos no coincidimos en nada y esa es su casa, ese es su sofá. Lamentablemente, por más que hiciera y tocara todas las fundaciones, y todos los portales para buscar trabajo, los trabajos que salían no eran duraderos y tenía poca experiencia en todo. Así que si me tocaba dormir en un refugio lo haría, a veces me he quedado donde «N», una gran amiga, una colega actriz que me ha brindado todo su apoyo… igual que mi team de free tour que más de una vez me han ofrecido su casa, pero no los quería molestar más. Yo estaba dispuesta a dormir en un refugio si no me salía la habitación, le tenía más miedo a quedarme en casa de M&P que ir a la iglesia de Chueca donde duermen personas en situación de calle, pero por muy extraño que parezca no estaba triste. Tenía miedo, sí, pero si era lo que me tocaba vivir… ni modo, lo iba a vivir; no podía rogarle a «P» sobre todo porque sentía exactamente lo mismo que sentía él. Yo no tenía un espacio, era incómodo para ellos y para mí; esto no se trata de gente mala o buena, se trata de una solidaridad y una tolerancia que se estiraron hasta donde más se pudo. No hay nada más jodido que adoptar a una artista sin papeles en España y para mí no hay nada más terrible que vivir con un hombre, mucho menos si este no es mi familia y oler humo de forma obligatoria en un apartamento encerrado y pequeño. Entonces, simplemente la paciencia y el respeto habían pedido la cuenta. 

El 18 de diciembre, aunque me tomé la pastilla para dormir la ansiedad no me dejaba, trate de combatir los pensamientos autocompasivos; sé que en la vida todo pasa y que a veces tienes que elegir entre dos clases de incomodidades y tocaba aceptar lo que se me viniera. 

El 19 lo primero que me dieron fue la tarjeta roja, es decir mi NIE, lo que indica que estoy de forma regular y legal en España. La segunda tarjeta roja, para mi sorpresa, me corresponde en febrero y esa segunda tarjeta roja viene con permiso de trabajo, para la solicitud de plaza (habitación). Esperé casi todo el medio día, con el pecho presionado, llenito de angustia. Cuando fui atendida la trabajadora social me peguntó por qué yo estaba en lista de espera y no me habían dado respuesta, le dije que desconocía la razón, que la fundación mando un informe de emergencia porque me encuentro en situación de calle. 

La trabajadora social revisó mi expediente: «Tienes un tratamiento psiquiátrico aquí en Madrid». «Sí, tomo pastillas para dormir y me ve una psiquiatra mensualmente», respondí. «Bueno, te vamos a dar una plaza (habitación) pero no sé si quede en Madrid, puede ser en otro lado de España, reviso y te aviso». 

Esperé en la sala de espera, sé que a varios de mis compañeros en mi situación los ha mandado para un pueblo cerca de Bilbao y a otros para Soria, son pueblos bastante distantes. Ahora mi ansiedad no era si me quedaba en la calle o no, ahora la angustia era si me sacaban de Madrid o no, pero me tocaba aceptar lo que viniera; no estaba en condiciones de negarme, en la sala de espera había dos mujeres venezolanas. «Qué va, nos mandaron para Bilbao, por allá lejos. Es un milagro quedar aquí en Madrid… es que es la ciudad, chama. Qué cagada, yo no me quiero ir», entristecía la mujer mientras miraba su traslado. «Karlina Fernández», me llamaron de vuelta a la oficina. El corazón me ladraba. 

«Mira, te hemos conseguido plaza en Madrid, allí no solo te van a dar una habitación sino una ayuda para tus gastos mensuales. Es un piso para 4 personas, ya hay tres mujeres ahí y faltas tú. También te darán talleres de adaptación social y laboral, disculpaos por la espera». Salí llorando, mi pecho se expandió como palomas que alzan vuelo en medio de una plaza. 

El 26 de diciembre me mudé, la trabajadora social me dio las indicaciones, normas, derechos y deberes antes de llevarme. Tendría derecho a 6 meses de estadía, me pagarían el transporte, la comida, un bono para ropa y otro monto que no debía justificar para gastos personales. Ponían a mi disposición un abogado, un psicólogo, un trabajador social y un técnico de trabajo; en el piso podía entrar y salir a la hora que quisiera. No podía recibir visitas ni beber alcohol, ni tener mascotas. Si viajaba fuera de Madrid debía notificárselo a mi trabajadora social asignada, después de 6 meses pasaría a la segunda fase, en esa fase me ayudaban a pagar una habitación y para ese lapso ya debería tener trabajo, pero la acogida solo se termina si te niegan el asilo o consigues trabajo con contrato. La intención es insertarme en la sociedad, brindar ayuda hasta que termine el proceso de asilo, o consiga trabajo. 

Una vez que me explicó todo fuimos al piso, ahí se despidió la trabajadora y me dejó. Era un piso de tres habitaciones; mi habitación era doble, sin embargo no la compartía con nadie. Me recibió una mujer transexual cubana, «Mucho gusto, óyeme tú, tú sabes que aquí compaltimos todos. Cada quien tiene lo suyo pero de veldá que no hemos tenido problema» (inserte aquí acento cubano) aquí hay una compatriota tuya, muy buena, vienen la hija y la perrita escondidas porque se le acabo el plazo y ella se queda a veces aquí, pero estamos pa’ ayudalnos, esto aquí entre nosotros. Este piso es como Las Vegas: lo que pasa en Las vegas se queda en Las Vegas y lo que pasa en el piso se queda en el piso». Me sentí en Orange is the New Black, versión asilo. 

Luego llegó la señora con su hija, la hija era otra mujer transexual con una perrita chiquitica, de esas que tiene Paris Hilton… de hecho ella, «Liffe», era una Barbie, como ella misma se dice: «Ay chama, yo te me soy algo así como la Barbie refugiada». Fueron amables, la señora era docente jubilada y ponía agua tibia en una poncherita con jabón como hace mi mamá para hacerse los pies, cocinó para todas y cocinó comida venezolana. «Yo la enseñé a compartir mija, ahora son amigas y se quieren. Uno tiene que ser solidario pero no pendejo… y pida, ¿oyó?, pida todo lo que necesite a su trabajadora social. No sienta que le están dando limosna, que el presupuesto de las ONG es bastante gordo y los políticos se llevan la tajada que nos quitan a nosotros. 

Escuché en silencio todo lo que me decían, luego me fui a mi habitación. Mientras desempacaba me llegó un mensaje del restaurante para ver si podía trabajar con ellos dos días más, de repente las buenas noticias aparecían todas juntas. 

Mientras sacaba todo de la maleta, me di cuenta que gracias a mi tía Mireya es que tengo maleta y gracias a mi tía Mariela, por su saco, es que me protejo en invierno. A mi hermana por sus ahorros que me permitieron venir, a Gisela Kozac por incluirme en un libro de crónicas que se bautizo en Madrid, a mi mamá y mi tía Cucha por hacerme la maleta y amarme. Gracias a M&P por adoptarme diez meses, a mi team free tour por hacerme conocer Madrid y decirme cómo sacaba el bono de transporte, a mi amigo «A» por prestarme su casa cinco días en verano e invitarme a recitar un poema en un concierto en Cogam; fundación que me llevó a la fundación La Merced, fundación que a su vez me ayudo con el Asilo. A mi amiga «J» por presentarme barcelona, por comprarme ropa para andar en verano y hacerme ver los paisajes infinitos de San Pol del Mar y Calella; a la Chichi por abrirme el corazón y llenármelo de pelos y maullidos hermosos. Gracias a mi amiga «N» por prestarme su casa, sus tres gatos y ver Orange is the New Black, aunque ya hubiese visto los capítulos. A mi negra blanca por aparecer y hacerme el amor en octubre y al estado español y el presupuesto de la comunidad europea. A mis muertos, pero sobre todo ¿y por qué no? a mi fuerza interior. 

Me fui a la cama. El piso es hermoso; el cuarto limpio y mis compañeras, hasta ahora, colaboradoras y cercanas. Miré mi habitación con tanta alegría. Finalmente y después de diez meses, tenía una puerta que cerrar, un espacio y una cama. Cerré los ojos, descanso mi pecho. Dejé el sofá.


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Comentarios

Greymar Hernández ha dicho que…
Tenemos que hablar y ponernos al día. Mucho por contar. Mucho similar. Te abrazo con el corazón. Te quiero.
Anónimo ha dicho que…
Anda mi Karly que se me llena el corazón de alegría al saber todo lo bueno que te ha pasado!!! Mil besos y que sigas subiendo tdm monitica