POLIDORPIO

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En un hermoso apartamento de Madrid vive Yuli y Pablo  joven pareja con una hermosa hija, Enma de cinco años y con ellos (y sin ellos saberlo) vive un duende, se llama Polidorpio es un duende de los malos, oscuro como sus intenciones caza niños, especialmente aquellos que son muy carismáticos y hermosos, juega con ellos hasta quitarle su luz, deprimirlos y dejarlos en estado vegetal. Al principio de los juegos con Enma Polidorpio se mimetizaba entre los juguetes, como un astuto camaleón se transformó en Mickey Maouse, Minie, Barnie logrando la atención de la niña. Cada vez que ella jugaba, se acercaban más a la puerta, el ritual consistía en que justo en el juego número seis cruzarían la puerta y con ella el umbral, ella se desmayaría y al despertar miraría a Polidorpio y su verdadero y aterrador aspecto, le causaría tal impresión que jamas volvería hablar y sus ojos quedarían vacíos mirando al duende, mientras el duende ganaría poder. - Enma mi amor, ¿por qué abriste la puerta?




NO PUEDO DORMIR

Antes del martes, yo podía dormir. Soy un hombre de rituales, exacto como el tiempo, amante de lo simétrico. Atrapado en un edificio de quinta en una avenida del sur del país producto de la inflación que impide mi recto crecimiento financiero. Ordenado y pulcro como soy, vivo acosado por el reguetón, la tardanza semanal del camión de basura , los carros, y las mujeres ruidosas que prefieren los celulares antes que los libros. Y ellas… ellas que suelen aparecer por todas partes; perturbando aún más mi vida.

Alterado, tomé un par de decisiones: primero, matarlas; segundo, ingerir Alprazolam y dormir plácido para despertar activo y volver puntual al banco a las 8 am… pero ese martes, desde ese martes no logro dormir; no puedo dormir. Desde ese día sólo pienso en ella, ni siquiera el Alprazolam ha podido combatir mi desesperación.


Todo siempre me salía bien con cada una, a cada una la mataba como tenía que ser. Ellas aparecían de la nada a media noche y entonces yo, obseso sin remedio, las exterminaba… pero ésta, ¡Dios! ésta, ese martes: astuta, morena, esquiva; se me escapó. Cuando la vi, corrí, corrí despavorido a tomar el objeto con el que la mataría y podría descansar, pero al llegar al baño aquella cucaracha desapareció para siempre.


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